¿BUENA O MALA SUERTE?

“Fue Dios quien me envió aquí, y no ustedes. Él me ha puesto como asesor del faraón y administrador de su casa, y como gobernador de todo Egipto” (Génesis 45:8 NVI)

Hay personas que cree en la buena y en la mala suerte. Es común escuchar la frase “qué buena suerte” cuando algo ha salido bien, o que “mala suerte” si sucedió algo inesperado y desagradable. Este asunto de buena o mala suerte está ligado a la frase famosa “el destino”. Si algo salió mal, es tu destino de mala suerte; si todo salió bien, es el destino que te depara buena suerte. Hace algunas semanas atrás, estuve caminando por una calle céntrica de una ciudad grande, cuando en una esquina una señora vestida con ropas coloridas hacía la oferta a todo el que pasaba: “ven para leerte la mano y ver que te depara el destino”, y varios se quedaron para escuchar sobre su mala o buena suerte.

Sin embargo ese asunto es confuso para los hombres, porque muchas veces relacionan la suerte con los sucesos que van transcurriendo sin que estos sean parte del azar del destino, y lo que para unos puede ser mala suerte, quizás para otros sea buena, todo depende del momento y las circunstancias, como la ilustración que le contaba un amigo a otro:

Amigo 1: “Un avión comenzó arder en pleno vuelo y todos los pasajeros debían abandonar la nave”.

Amigo 2: “Qué mala suerte”

Amigo 1: “Pero todos corrieron a colocarse unos paracaídas de emergencia”

Amigo 2: “Qué buen suerte”

Amigo 1: “Pero cuando fueron a ponerse los paracaídas, estos había sido olvidados en tierra”

Amigo 2: “Qué mala suerte”

Amigo 1: “Si  embargo un Señor encontró un paracaídas olvidado en su compartimiento”

Amigo 2: “Qué buena suerte”

Amigo 1: “Entonces se colocó el paracaídas y se lanzó para salvar su vida, pero el paracaídas no se abrió”

Amigo 2: “Qué mala suerte”

Amigo 1: “Sin embargo mientras el hombre pensaba que iba a morir se dio cuenta que iba directo a un gran montículo de paja”

Amigo 2: “Qué buena suerte”

Amigo 1: “Pero en medio del montículo de paja había tres rastrillos de hierro con los dientes afilados hacia arriba”

Amigo 2: “Qué mala suerte”

Amigo 1: “Pero hombre no cayó en la paja”

Amigo 2: ¿…?

No obstante, la Biblia es clara en colocar a un lado ese asunto de la buena o mala suerte, porque los sucesos transcurren según la voluntad de Dios. Cómo en la historia de José, cuando se presentó a sus hermanos con el hermano que  ellos habían vendido y que su padre lo creía muerto. Y ante el asombro de su hermanos reiteró una verdad que todo ser humano debe entender: “No obstante, José insistió: —¡Acérquense! Cuando ellos se acercaron, él añadió: —Yo soy José, el hermano de ustedes, a quien vendieron a Egipto. Pero ahora, por favor no se aflijan más ni se reprochen el haberme vendido, pues en realidad fue Dios quien me mandó delante de ustedes para salvar vidas”.[1] No es el destino, ni la suerte, ni ninguna otra cosa parecida, lo que interviene en los acontecimientos de la historia del ser humano, sino la voluntad de Dios y las decisiones que el propio hombre asume. La frase es clara: “Dios me mandó delante de ustedes…”, no fue el destino, fue Dios el que lo permitió.

Mi amigo (a), es bueno mencionarte, que el destino y la suerte, no tienen relación con la vida que llevas; además, las victorias y la derrotas no tienen nada que ver con tu buena o mala suerte, o que el destino te escogió para ser mejor o peor, ¡no es así!, es Dios, soberano por sobre todas las cosas, quién va permitiendo sucesos en tu vida, tomando en cuenta las decisiones que libremente eliges. José sabía de eso, por eso volvió a reiterarles  a sus seres queridos que no era el destino sino Dios el que había permitido todo los acontecimientos: “Fue Dios quien me envió aquí, y no ustedes. Él me ha puesto como asesor del faraón y administrador de su casa, y como gobernador de todo Egipto”.

Hoy sometámonos a su voluntad, y pidamos sabiduría para poder tomas buenas decisiones… ¡Buen día!

Pr. Joe Saavedra

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[1] Génesis 45:4,5 NVI

EL PECADO NO TIENE EXCUSA

 “—¡No sabemos qué decirle, mi señor! —contestó Judá—. ¡No hay excusa que valga! ¿Cómo podemos demostrar nuestra inocencia? Dios ha puesto al descubierto la maldad de sus siervos. Aquí nos tiene usted: somos sus esclavos, nosotros y el que tenía la copa” (Génesis 44:16 NVI)

Desde que se inventaron las excusas, el ser humano ha puesto toda su originalidad para poder justificar cada una de sus acciones. Especialmente, las excusas se muestran en toda su plenitud cuando existe una falta, o cuando se pretende eludir la consecuencia de un error. Con razón el concepto general de “excusa” dice que es un “motivo o pretexto para eludir una obligación o disculpar alguna omisión”,[1] y normalmente está relacionado a exageraciones y mentiras.

Y esta tendencia humana, también convive en nuestra relación con Dios y la iglesia. Siempre encontramos una excusa para poder justificar una falta o calmar la conciencia que exige explicaciones a los actos pecaminosos. Es constante escuchar frases así: “engaño a mi esposa porque ella no me comprende”, “me emborracho porque quiero olvidar mi decepción”, “no realizo mi comunión personal con Dios porque tengo que salir muy temprano”, “no leo la Biblia porque sus letras con pequeñas”, “llego tarde a la iglesia porque vivo lejos”, “no testifico porque nadie quiere escuchar”, excusas y más excusas.

Sin embargo, las excusas no tienen sentido frente a un Dios omnisapiente, que lo sabe y lo conoce todo. Los mismos hermanos de José, entendieron que nadie se puede burlar de Dios, Él lo tiene todo bajo control. Frente a su hermano José, a quién no reconocían, empezaron a recordar actos incorrectos que habían justificado y que enterraron en el olvido, pero que Dios no había olvidado. Recordaron vívidamente, los instantes cuando volvían a casa después de haber vendido a José, repitiéndose entre ellos: “lo lastimamos porque se lo merecía”, “lo vendimos porque era un engreído”. Allí, en medio de la desgracia, entendieron que las excusas no justifican nada, sino encubren las faltas y alargan la agonía. “¿Cómo podemos demostrar nuestra inocencia? Dios ha puesto al descubierto la maldad de sus siervos”, esta exclamación es una muestra del dolor y la desesperación en que se encontraban después de haber querido, a través de excusas, justificar sus faltas.

Mi amigo (a), ¿cómo va tu vida?, ¿estás ocultando o justificando tus faltas a través de excusas?, ¿quieres pasar por inocente cuando sabes que eres culpable?, ¿no has entendido todavía que una vida de excusas es un campo que va a cosechar dolor y desgracias? El pecado no tiene excusa, y ocultarlo no tiene sentido frente a un Dios Todopoderoso que lo conoce todo. Empieza este día poniendo tu vida en orden, ¡para con las excusas!,¡estas no tienen sentido!, porque “cuando el Padre dio a su Hijo para que muriera por nosotros, puso todos los tesoros del cielo a nuestra disposición. El pecado no tiene excusa. El Señor nos ha concedido todas las ventajas posibles a fin de que tengamos fuerza para resistir las tentaciones del enemigo. Si el hombre hubiera seguido el ejemplo de Cristo cuando se lo sometió a prueba, habría dado a sus hijos y nietos un ejemplo de pureza y justicia inquebrantable, y la especie humana no se habría deteriorado, sino que hubiese mejorado”.[2] ¡Hoy puede ser el día de arreglar las cosas con Dios!

Pr. Joe Saavedra

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[1] Diccionario de la lengua española © 2005 Espasa-Calpe:

[2] Cada día con Dios, 5 de noviembre

LLORA EL QUE TIENE CORAZÓN

“Conmovido por la presencia de su hermano, y no pudiendo contener el llanto, José salió de prisa. Entró en su habitación, y allí se echó a llorar desconsoladamente. Después se lavó la cara y, ya más calmado, salió y ordenó: «¡Sirvan la comida!»” (Génesis 43:30-31 NVI)

Encontrarse después de muchos años con sus hermanos que lo lastimaron, saber de su padre, enterarse de los pormenores de la muerte de su madre, conocer a su hermano Benjamín, reconocer que las cosas habían cambiado en su casa, provocaron muchas emociones intensas en la vida de José. Las emociones, son propias de los seres humanos, y son reconocidas como “reacciones psicofisiológicas que representan modos de adaptación a ciertos estímulos ambientales o de uno mismo. Psicológicamente, las emociones alteran la atención, hacen subir de rango ciertas conductas guía de respuestas del individuo y activan redes asociativas relevantes en la memoria. Fisiológicamente, las emociones organizan rápidamente las respuestas de distintos sistemas biológicos, incluidas las expresiones faciales, los músculos, la voz, la actividad del SNA y la del sistema endocrino, a fin de establecer un medio interno óptimo para el comportamiento más efectivo”.[1] Todo esto produce reacciones de conducta, siendo el más común el llanto.

Cuando el cuerpo de un ser humano se emociona, su cuerpo se altera y se recarga de sensaciones y sentimientos que deben ser canalizados para que no produzcan daños psicológicos y fisiológicos. Una de las vías más seguras para poder drenar una sobrecarga de  emociones es llorar, a través de las lágrimas, ese cuerpo alterado vuelve a su estado normal. “El término llanto en general describe cuando alguien derrama lágrimas en reacción a un estado emocionado”,[2] y esto porque investigaciones recientes establecieron una red neural biológica entre el conducto lagrimal y las áreas del cerebro humano implicadas con la emoción. Además, las lágrimas, son producidas por la glándula lagrimal, y tienen una importancia crucial en la visión, porque limpian y lubrican el ojo. Esto quiere decir que “intervienen fundamentalmente en la óptica ocular y en el normal funcionamiento del globo ocular y de sus estructuras. Cualquier alteración de la lágrima influye en la agudeza visual”.[3]

¿Te imaginas que pasaría si no podríamos llorar?, creo que habría desperfectos en la vida humana. Por un lado, el ojo estaría sucio y la falta de lubricación haría complicada la visión; por el lado de las emociones, habría alteraciones psicológicas y fisiológicas, el cuerpo no resistiría la sobrecarga de emociones y el final sería fatal. Gracias a Dios, que podemos llorar, para tener una visión más aguda y sobretodo, poder drenar tantas emociones que en transcurso de nuestra vida vamos a manifestar. Cómo José, que necesitó llorar para poder descargar tantas emociones juntas, y hallar consuelo para las tribulaciones en que se encontraba. O cómo Pablo, quién habiendo pasado muchas aflicciones y finalmente la cárcel, llegó a sentir que no podía más, tenía que descargar tantas emociones y sentimientos encontrados, tenía que tener la serenidad de poder defenderse en Roma de todos los ataques diabólicos en su contra, y la forma más segura era llorar. Elena de White comenta los momentos antes de que Pablo emprendiera su viaje final a Roma: “Después, reflexionando sobre las arduas experiencias de aquel día, receló Pablo de que su conducta no hubiese sido agradable a Dios. ¿Acaso se había equivocado al visitar a Jerusalén? La causa de Cristo estaba muy cerca del corazón de Pablo, y con profunda ansiedad pensaba en los peligros de las diseminadas iglesias, expuestas a las persecuciones de hombres tales como los que había encontrado en el concilio del Sanedrín. Angustiado y desconsolado, lloró y oró”.[4]

Mi amigo (a), no podemos quedarnos ajenos a las emociones, porque cada momento estamos interactuando con seres humanos, con reacciones y estados de ánimo. Además, nos toparemos con injusticias, maldades, insultos, incomprensiones, traiciones, decepciones y ataques malignos, y no te sientas débil si algún momento quiere llorar, más bien adelante, llora y llora bien, porque solo llora el que tiene corazón, el que siente, el que vive intensamente cada día, el que se esfuerza por estar en paz con Dios, él que sabe que llorar no es debilidad, sino fuerza para seguir sobreviviendo en este mundo de maldad. Y allí, en medio del llanto, sabrás que no estás solo, que el mismo Dios está presto para correr en tu auxilio, cómo pasó con Pablo que al sentirse débil lloró y oró y recibió respuesta; porque ese mismo Dios que lo había librado de turbas asesinas y de todo ataque infernal, estaba allí y le trasmitió confianza: “A la noche siguiente el Señor se apareció a Pablo, y le dijo: «¡Ánimo! Así como has dado testimonio de mí en Jerusalén, es necesario que lo des también en Roma»”.[5] ¡Ánimo si estas llorando!, solo lloran los que tienen corazón.

Pr. Joe Saavedra

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CONSECUENCIAS

“…pero se decían unos a otros: —Sin duda estamos sufriendo las consecuencias de lo que hicimos con nuestro hermano. Aunque vimos su angustia cuando nos suplicaba que le tuviéramos compasión, no le hicimos caso. Por eso ahora nos vemos en aprietos” (Génesis 42:21 NVI)

Existe un principio elemental de vida que dice: “Todo lo que cosechamos es consecuencias de lo que sembramos”. No podemos esperar recibir lo que no merecemos, ni obtener lo que no hemos ganado. Así como es normal esperar lo que ganamos y disfrutar lo que conseguimos. Es muy común escuchar frases así: “Dios me está castigando”, “es injusto esto”, “la vida me tiene bronca”, “soy una víctima de las circunstancias”. Aunque en un millón, uno pueda tener la razón, lo real es que cada uno recibe lo que merece, o cosecha lo que siembra.

Este principio está involucrado en cada acción del ser humano, en el trabajo, en las relaciones familiares, en la salud, en la familia y por sobre todo en nuestra relación con Dios y su santidad. Una persona que come y bebe “lo que sea”, no descansa y pone a un lado los hábitos de una buena salud, no tendría autoridad de vociferar que está siendo castigado cuando se encuentre próximo a la muerte en medio de dolores insoportables. Un padre que descuida a sus hijos, que piensa que comprándoles todo es suficiente y que su ausencia no será percibida, debe prepararse a llorar “lágrimas de sangre”, cuando vea a sus hijos tomando malas decisiones o arruinando su vida. Otra ilustración la tenemos en la experiencia de los hermanos de José.

Estos jóvenes tomaron a su hermano menor, lo lastimaron arrojándole a una cisterna vacía y a pesar de las súplicas lo vendieron como esclavo a unos mercaderes quienes lo llevaron lejos de su casa. Luego regresaron a casa y armaron todo un drama para encubrir sus faltas. No habían entendido que toda acción trae consecuencia, como tirar una piedra al cielo y esperar que caiga con fuerza. Allí en Egipto, en medio de la angustia comenzaron a entender que el golpe que se da, regresa con fuerza.

De la misma forma tenemos que considerar al pecado. No pensemos que nuestras acciones sucias, o el mal que practicamos puede quedar en el olvido, o que con una frase incrédula digamos: “aquí no pasó nada”, ¡no es así!, quizás tu mente sea frágil para olvidar tus acciones malas, o la costumbre de tus actos pecaminosos te hayan vuelto insensible, pero la mente omnipotente de Dios no olvida, y él te dice: “aquí si pasó algo”, y si te has olvidado, te lo va hacer recordar. Él mismo afirma en su Palabra: “Pero si se niegan, estarán pecando contra el SEÑOR. Y pueden estar seguros de que no escaparán de su pecado”, [1] la versión Reina Valera 1960 traduce este mismo versículo, resaltando el asunto de las consecuencias: “Mas si así no lo hacéis, he aquí habréis pecado ante Jehová; y sabed que vuestro pecado os alcanzará”. ¡Todo lo que hacemos hoy nos va alcanzar mañana!.

Elena de White dice: “El amor a Dios nunca debe inducirnos a empequeñecer el pecado; nunca debe encubrir ni excusar un mal inconfesado. Acán aprendió demasiado tarde que la ley de Dios, lo mismo que su Autor, es inmutable. Tiene que ver con todos nuestros actos, pensamientos y sentimientos. Nos sigue, y alcanza cada impulso secreto. Al abandonarse al pecado, los hombres llegan a considerar livianamente la ley de Dios. Muchos ocultan las transgresiones de sus semejantes, y se consuelan diciéndose que Dios no será estricto para señalar la iniquidad. Pero su ley es la gran norma de la rectitud, y con ella será comparado todo acto de la vida en ese día cuando Dios traerá toda obra a juicio, y todo acto secreto, sea bueno o malo. La pureza de corazón, producirá pureza de vida. Todas las excusas en favor del pecado son vanas. ¿Quién podrá defender al pecador si Dios da testimonio contra él?”.[2]

Mi amigo (a), cada paso que demos, cada acción emprendida, debería ser hecho con sumo cuidado y en la seguridad de la oración. Hacer las cosas sin pensar, tomar decisiones a la ligera y jugar con el pecado, no son acciones gratuitas, la factura va a llegar con una cuenta altísima, y quizás pagarla no esté a nuestro alcance. Hoy debería ser el momento de parar, de despertar, percibir en la dirección en que estamos yendo y de entender que esa piedra que lanzamos muy lejos, va a caer y quizás sea en nuestra cabeza. Hoy puede ser un día de cambios.

Pr. Joe Saavedra

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[1] Números 32:23 NVI

[2] Hijos e hijas de Dios, cap: Dar al pecado el nombre que se merece

BUEN SIERVO FIEL

“Pero José no quiso saber nada, sino que le contestó: —Mire, señora: mi patrón ya no tiene que preocuparse de nada en la casa, porque todo me lo ha confiado a mí. En esta casa no hay nadie más importante que yo. Mi patrón no me ha negado nada, excepto meterme con usted, que es su esposa. ¿Cómo podría yo cometer tal maldad y pecar así contra Dios?” (Génesis 39:8-9 NVI)

Muchas veces me pregunté qué hacía Jesús mientras la mujer de Potifar seducía a José. ¿Sabes cómo lo imagino? Lo veo junto a su Padre y a los ángeles, atento mirando a la tierra; mientras ve entrar a esa mujer al cuarto de José, cierra los puños, aprieta los dientes. Tiene deseos de intervenir poderosamente, de librar a su hijo de ese demonio con perfume y ropa ceñida, pero se contiene, sabe que debe respetar el libre albedrío y mientras esa mujer se insinúa a José, una súplica sale de su boca: “José, no me defraudes, no te quedes allí parado, no la escuches, ¡vamos José!, tú sabes lo que tienes que hacer, huye hijo, huye José, sal de ahí José”. ¿Sabes?, veo tensión en el rostro del Padre, veo súplicas en los ojos de Jesús, todo el cielo está en silencio, los ángeles no entienden el profundo amor de Dios por el hombre, no entienden que hay en “esos pobres humanos” que hacen sufrir al Dios Supremo.

¿Te Imaginas a esa mujer muy coqueta y perfumada, acercándose a José, proponiéndole pasar la noche más intensa de sus vidas?, ¿te imaginas a José mirando para todos lados, cerciorándose que nadie los ve, y cerrando la puerta de lachabitación?, ¿te imaginas la reacción de Jesús, si José cedía a las proposiciones de esa mujer casada?

Yo me imagino a Jesús, desplomándose en su asiento, me imagino sus ojos llenos de lágrimas, queriendo negar lo que ve, lo veo defraudado y muy triste. Nadie se le acerca, el silencio del cielo se pone aún más tenso. Y con un dolor indescriptible el pronuncia: “José, ¿por qué José?, ¿por qué no escapaste?, ¿por qué malograste todo?, yo tenía un plan tan exitoso para ti, tenía tantas bendiciones que entregarte, confié en ti y me has defraudado”

Pero, ¿te imaginas a esa mujer insinuándose a José, proponiéndole dinero por un momento de placer efímero?, ¿te imaginas acercándose a él toda perfumada y tentadora?, ¿Y te imaginas a José poniéndose de pie de un salto y huyendo, escapando de esa casa, corriendo a toda prisa?

¿Te imaginas la reacción de Jesús? Yo veo a Jesús saltando de alegría, abrazando al Padre, abrazando a los ángeles, lo escucho diciendo eufórico: “les dije, ese es mi José, ese en mi hijo, sabía que no me defraudaría” y de sus labios santos sale la frase: “Buen siervo fiel, sobre poco has sido fiel sobre mucho te pondré, entra en el gozo de tu Señor”.

Mi apreciado amigo (a), una escritora adventista decía: “Nuestra única seguridad consiste en no dar cabida al diablo; porque sus sugestiones y propósitos consisten siempre en perjudicarnos e impedirnos que confiemos en Dios. Él se transforma en ángel de pureza para poder, por sus especiosas tentaciones, introducir sus planes de manera que no discernamos sus astucias. Cuanto más cedamos, más poder ejercerán sus engaños sobre nosotros. No hay seguridad en entrar en controversia o parlamento con él. Por cada ventaja que concedamos al enemigo, pedirá más. Nuestra única seguridad consiste en rechazar firmemente el primer paso hacia la presunción. Dios nos ha dado, por los méritos de Cristo, suficiente gracia para resistir a Satanás y ser más que vencedores”.[1]

En el camino de la vida, rumbo al cielo, aparecerán tentaciones “perfumadas y atractivas”, pecados “cargados de músculos y virilidad”, pero “la resistencia es éxito. ‘Resistid al diablo, y de vosotros huirá’. La resistencia debe ser firme y constante. Perderemos todo lo ganado, si resistimos hoy para ceder mañana”.[2] Y nuestra repuesta de firmeza debe ser: ¿Cómo podría yo cometer tal maldad y pecar así contra Dios?

Pr. Joe Saavedra

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[1] Elena de White, Testimonios Selectos, tomo 3 (Buenos Aires: ACES, 1934) pp. 205, 206.

[2] Ibid.

PURIFÍQUENSE

“Entonces Jacob dijo a su familia y a quienes lo acompañaban: «Desháganse de todos los dioses extraños que tengan con ustedes, purifíquense y cámbiense de ropa” (Génesis 35:2 NVI)

En algún momento de nuestra vida nos hemos sentido alejados de Dios. Esa sensación es producto de la rutina cristiana, de la poca voluntad de acercarnos más a Dios, o de la vida pecaminosa que nos envuelve. En cualquiera de los casos, existe un vacío existencial y desesperación. Jacob había pasado por todo eso, sus logros a base de engaños lo alejaron de Dios, incluso en su loca huida llegó a decir que el Señor estaba a su lado y él ni cuenta se había dado. Jacob quería estar en paz con Dios y hacer su voluntad. Él obedeció las instrucciones de Dios, y se reintegró al pueblo de Dios.

Lo primero que hizo Jacob es volver por el camino que había huido, esto significaba dar un giro de 180 grados y dejar el camino que lo alejaba de Dios, la orden era: “Ponte en marcha, y vete a vivir a Betel. Erige allí un altar al Dios que se te apareció cuando escapabas de tu hermano Esaú”.[1] Esta orden requería “volver”, ir en dirección contraria. Reintegrarse al pueblo de Dios o volver a estar a cuentas con Él, significa dejar el camino que estamos andando y tomar el rumbo contrario, “volver; quizás la palabra más adecuadas sea: “conversión”. Un concepto general de “conversión” dice que “es el cambio de un estado pecaminoso a uno de santidad, de un comportamiento de corrupción a uno de pureza, de un sometimiento a Satanás al dominio de Dios”.[2] Y dejar un estado pecaminoso y enrolarse en el “ejército” de los santos, requiere acciones concretas, cómo Jacob, que si deseaba establecerse en Betel, debía deshacerse de todos los dioses extraños que tenía, purificarse y cambiarse de ropa.

Las palabras claves son “deshacerse”, “lavarse” y “cambiarse la ropa sucia”. Si una habitación tiene un mal olor, debe ser porque alguna cosa la está causando. Lo normal sería “deshacerse” del causante del mal olor, una vez que lo descubrimos. Después lavar el rincón que fue ensuciado y desinfectar todo objeto que estuvo en contacto con la causa del hedor. Esta ilustración puede ser oportuna para entender las acciones que un hijo de Dios debe hacer en su afán de romper las cadenas del mal y someterse a Dios: “Deshacerse de los pecados que dan mal olor, lavarse y cambiarse de ropa”. El que hace eso ha emprendido el camino de retorno, y establecerá su morada en Betel, en la casa de Dios.

Con razón Isaías puso énfasis es esto: “¡Lávense, límpiense! ¡Aparten de mi vista sus obras malvadas! ¡Dejen de hacer el mal!”.[3] Y Juan reafirmó sobre la importancia de la ropa limpia: “… ropas blancas para que te vistas y cubras tu vergonzosa desnudez…”.[4] No nos extrañemos que la Biblia resalte estas palabras: “limpieza”, “lavarse”, “ropa limpia”, “ropa blanca”, “purifíquense”.

Mi amigo (a), esconder los pecados que causan olores desagradables, no ayuda en nada; justificar la vida sucia o rociarle un poco de perfume de pretextos, no hace más que ocultar por breves momentos la realidad triste de la vida de pecado; tampoco, ayuda en nada escapar cargando “ídolos”, que hacen la vida pesada y quitan la libertad. ¡Volvamos a Dios!, ¡dejemos las prácticas pecaminosas!, y lavémonos en el perdón de Dios… El olor más grato que Dios puede percibir es una vida purificada… ¿Puedes comenzar hoy la purificación de tu vida?

Pr. Joe Saavedra

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[1] Génesis 35:1 NVI

[2] Alfonso Lockward, Nuevo Diccionario de La Biblia. (Miami: Editorial Unilit, 2003), 244.

[3] Isaías 1:16 NVI

[4] Apocalipsis 3:18 NVI

CASA DE DIOS

“Al despertar Jacob de su sueño, pensó: «En realidad, el SEÑOR está en este lugar, y yo no me había dado cuenta.» Y con mucho temor, añadió: «¡Qué asombroso es este lugar! Es nada menos que la casa de Dios; ¡es la puerta del cielo!» (Génesis 28:16-17 NVI)

Jacob se encontraba en ese lugar porque estaba huyendo. Y lo hacía porque tenía miedo de su hermano Esaú, quién lo buscaba para matarlo. La razón de este embrollo era que Jacob había conseguido bendiciones en base a mentiras. Jacob era un mentiroso, aunque no hay que sorprenderse de esto, porque esa acción lo había aprendido de su padre y abuelo,[1] y esto nos enseña que las acciones que los padres practican son imitadas por los hijos.

El que miente nunca vive en paz, aunque se acostumbre a mentir. La mentira trae miedo, vergüenza, intranquilidad y por sobre todo, el mentiroso se aleja de Dios y pierde la confianza en Él. Jacob estaba huyendo porque había conseguido la bendición de su padre como un hijo primogénito aunque no lo era, diciendo mentiras. Ahora se encontraba asustado, perplejo y alejado de Dios. Por eso, todo lo que se consigue en base a acciones fraudulentas o prácticas engañosas, traen consecuencias de la cuales no se puede escapar, ni escondiéndose en un bunker antibombas a cien metros bajo el suelo. La mentira puede conseguir riquezas, títulos, puestos y hasta ocultar pecados, pero el final es el mismo: una vida intranquila y la desaprobación de Dios, y de eso no hay escondite seguro.

Jacob, cansado de huir, en medio de un paraje solitario acomodó una piedra para su cabeza y acostándose se durmió. Quizás su cuerpo dormía, pero su mente estaba perturbada, allí no había descanso, los recuerdos de pecado aparecían y desaparecían como luces intermitentes, definitivamente no hallaba paz. Allí, en su descanso pesado tuvo un sueño que lo sacudió y le hizo entender algo vital que podría traerle paz: “confiar en Dios y volverse a su voluntad”. Cuando despertó, tenía una idea central: “En realidad, el SEÑOR está en este lugar, y yo no me había dado cuenta”. Los actos fraudulentos bloquean la única fuente de solución y paz, y convencen al mentiroso que no hay solución y que no existe nadie que pueda aliviarlo. Y no es extraño que la mentira cause todo esto, porque “… el diablo… no se mantiene en la verdad, porque no hay verdad en él…es un mentiroso. ¡Es el padre de la mentira!”,[2] y te odia tanto que el hará todo para mantenerte desanimado y sin esperanza.

Jacob, esa madrugada, pudo encontrarse con Dios, y entender que no estaba solo, que su vida frágil, construida a base de engaños, podía tener otro final, y que estaba viviendo en soledad, cuando tenía a Dios como su pronto socorro. A veces vivimos así, pensando que no le importamos a nadie, que estamos solos, que nadie sabe lo que sentimos o vivimos; pero la tragedia no es esa condición, sino vivir en soledad cuando Dios está tan cerca de nosotros, presto para socorrernos; somos como un pobre hombre que muere de sed a las orillas de un riachuelo de aguas cristalinas y limpias. ¡A ese extremo nos lleva la mentira!

Mi amigo (a), ¡no estamos solos!, tenemos un pronto socorro, un especialista en vidas fraudulentas, que endereza lo que se ha torcido. Él mismo momento, en que clamemos a Dios por ayuda y permitamos su presencia todo se transforma, ¡definitivamente!, todo cambia, y vas clamar como Jacob: «¡Qué asombroso es este lugar! Es nada menos que la casa de Dios; ¡es la puerta del cielo!». ¡Asómbrate de lo que es capaz de hacer Dios por tu vida!, y ten en claro que no necesitas ubicar un “lugar santo” para encontrarte con Dios, sino que, en el lugar donde te encuentres el Dios Omnipotente puede establecer su oficina principal  y desde allí ministrar tu vida. ¡Qué asombroso es saber que una oficina, una habitación, una sala, una cocina, una banca en un parque, cualquier lugar donde nos encontremos puede ser la Casa de Dios!, allí en su presencia podemos resolver todos los conflictos, encontrar salidas para vivir en verdad y dejar la mentira.

En este mismo instante, reviso mi vida y necesito de Dios, voy a clamar a su nombre y me acomodo, porque en instantes mi pequeña oficina, quizás en algún lugar olvidado del planeta tierra, será la oficina de Dios el Rey y Creador del Universo, ¡qué asombroso!

Pr. Joe Saavedra

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[1] Génesis 20:2; 26:7

[2] Juan 8:44 NVI