IMPUREZAS

“Ustedes deben mantener apartados de la impureza a los israelitas. Así evitarán que ellos mueran por haber contaminado mi santuario, que está en medio de ellos” (Levítico 15:31 NVI)

A partir del capítulo 11 hasta el capítulo 16 de Levítico, hay una palabra que resalta, y resulta casi imposible ignorarla: “impureza”. Un resumen rápido sería el siguiente:

11:1–11:47 Impurezas de los animales

12:1–12:8 Impureza por causa del alumbramiento

13:1–14:57 Impureza por enfermedades de la piel (lepra)

15:1–15:33 Impurezas por emisiones genitales

16:1–16:34 Impurezas del santuario y la nación

Generalmente, los diccionarios, entienden por impureza a una “sustancia o conjunto de sustancias extrañas a un cuerpo o materia que están mezcladas con él y alteran, en algunos casos, alguna de sus cualidades”;[1] sin embargo, el término hebreo más común de impureza en el Antiguo Testamento,[2] es “tame’”,  y en griego “akatharsía”, cuyo significado apuntaba a una “contaminación que puede ser física, moral o ceremonial, aunque en el AT principalmente es la última (Lv. 5:2; 7:19: 10:10; etc.)”.[3] Es decir, las impurezas denunciadas en Levítico estaban relacionadas al Santuario de Dios, a la verdadera adoración que Él se merece, porque este libro “enfatiza sobre todo la santidad de Dios (“Santos seréis, porque santo soy yo Jehová vuestro Dios” [Lv. 19:2]). Tras construirse el tabernáculo, Dios establece los métodos por los cuales se podía tener acceso a él”,[4] y una de las indicaciones claras era que ninguna cosa, animal o persona impura podía tener acceso a la presencia de Dios, por qué “el mandamiento de Jehovah es puro; alumbra los ojos”.[5] Por esa razón observamos en Levítico una serie de indicaciones para limpiarse delante Dios o mantenerse alejados de la impureza, por eso el texto de hoy dice: “Ustedes deben mantener apartados de la impureza a los israelitas. Así evitarán que ellos mueran por haber contaminado mi santuario, que está en medio de ellos”.

Dios es santo, y todo lo que se relaciona con él es puro, así lo especifica el libro de Hebreos: “Nos convenía tener un sumo sacerdote así: santo, irreprochable, puro, apartado de los pecadores y exaltado sobre los cielos”.[6] Y el principal elemento que contamina todo se llama pecado, por eso Levítico “lo combate por medio de sus instituciones de sacrificio y purificación—el pecado social por medio del año sabático y el de jubileo, los pecados sexuales por medio de las leyes de la castidad—, y también por medio de sus promesas y advertencias. Esa es la significación permanente del libro de Levítico. Es el libro de la santificación, de la consagración de la vida (el holocausto se destaca claramente en el libro), el libro de la abstención de pecar y de la expiación por el pecado, de la lucha contra el pecado y su eliminación del seno del pueblo del Señor”.[7] El pecado contamina al hombre, y lo contaminado no tiene acceso a la presencia de un Dios inmaculado y santo.

Nuestro deseo de acercarnos a Cristo puede ser posible si limpiamos nuestra vida de cualquier atisbo de contaminación de pecado, la invitación es: “Acérquense a Dios, y él se acercará a ustedes. ¡Pecadores, límpiense las manos! ¡Ustedes los inconstantes, purifiquen su corazón!”.[8]  Dios es santo, no comulga ni tiene relación con el pecado, aunque ama al pecador, aborrece el pecado y lo rechaza. Por esa razón, no tomemos las faltas como cualquier detalle sin importancia, ni las “manchas” de pecado como cualquier asunto de poca validez, nadie se burla de Dios.

Mi amigo (a), aferrándonos a Cristo cada día, podemos cubrir nuestras impurezas, y en ese estado  podemos estar delante de la presencia de un Dios inmaculado, porque “para los puros todo es puro, pero para los corruptos e incrédulos no hay nada puro. Al contrario, tienen corrompidas la mente y la conciencia”.[9] No olvidemos “el cielo es un lugar limpio y santo. Dios es puro y santo. Todos los que acuden a su presencia debieran prestar atención a sus directivas, y conservar su cuerpo y su ropa en una condición de pureza y limpieza, manifestando de este modo respeto a ellos mismos y a él. El corazón también debiera ser santificado. Los que lo hagan no deshonrarán su sagrado nombre adorándolo mientras sus corazones están contaminados y su apariencia es desprolija. Dios ve las cosas. Observa la preparación del corazón, los pensamientos, la pureza en la apariencia de aquellos que lo adoran”.[10] Hoy es un día de tomar decisiones de pureza.

Pr. Joe Saavedra

Desde la línea de batalla  y un poquito antes del retorno de Cristo…

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[2] En adelante AT

[3] Diccionario Bíblico Adventista, “impureza”

[4] Alfonso Lockward, Nuevo Diccionario de La Biblia. (Miami: Editorial Unilit, 2003), 642.

[5] Salmos 19:8 RVA

[6] Hebreos 7:26 NVI

[7] J.D. Douglas, Nuevo Diccionario Bíblico: Primera Edición (Miami: Sociedades Bíblicas Unidas, 2000).

[8] Santiago 4:8 NVI

[9] Tito 1:15 NVI

[10] Hijos e hijas de Dios, capítulo: “limpios por dentro y por fuera”

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ÉL TOMA MI LUGAR

“Llevará el novillo ante el SEÑOR, a la entrada de la Tienda de reunión, e impondrá la mano sobre la cabeza del novillo, al que degollará en presencia del SEÑOR” (Levítico 4:4 NVI)

Los israelitas le daban un tratamiento especial al pecado. Dios les había enseñado  que el pecado significaba muerte, el capítulo 21 de Éxodo es una muestra de la fatalidad que significaba entrar en relación con él. La única opción que tenían para no pagar las consecuencias era deshacerse del pecado. Para ello, Dios en una forma ilustrativa, les enseñó una serie de procedimientos para transferir la falta a un sustituto, de tal forma que sea otro el que pagara la consecuencia de su pecado. Levítico capítulo 4, enseña el derrotero que debía seguir un israelita para transferir su pecado y librarse de la muerte: (1) Mano sobre la cabeza de la víctima; (2) animal degollado; (3) se rociaba sangre delante del velo en el lugar santo, y  se colocaba sobre los cuernos del altar de oro; (4) el resto de la sangre se vertía al pie del altar de los holocaustos; (5) el sebo, riñones, etc., quemados sobre el altar; finalmente, (6) el animal entero -con cuero, entrañas, estiércol, etc.- se quemaba fuera del campamento.

Ese asunto de poner las manos sobre una animal, no era un asunto simple o un procedimiento decorativo, había mucho más que eso, el Comentario Bíblico Adventista comenta que: “La colocación de la mano del que ofrecía el sacrificio sobre la cabeza de la víctima era parte solemne y esencial del ritual. La palabra samak, ‘poner’, significa ‘apoyarse’ con el peso del cuerpo. Este acto pues representaba la total dependencia del pecador en su sustituto. Respecto al significado de este rito, los comentadores, antiguos y modernos, entienden que representa la transferencia simbólica a la víctima de los pecados del que ofrece el sacrificio, o la sustitución del pecador por la víctima que así muere en su lugar”.[1] “La imposición de las manos sobre la cabeza de la víctima es un rito común por el cual se efectúan la sustitución y la transferencia de los pecados”. “En todo sacrificio existe la idea de sustitución; la víctima ocupa el lugar del pecador humano”.[2] Es decir, colocar las manos sobre la víctima, significaba transferir todo el peso del pecado, con sus activos y pasivos, esto es, hechos y consecuencias.

En esta ceremonia de transferencia, Dios estaba enseñando algo más grande y delicado: “Puesto que los cristianos ahora por fe ponen sus pecados sobre Jesús, el Cordero de Dios, parece apropiado encontrar en el conjunto de sacrificios una ceremonia que represente esto. Lo encontramos reflejado en el ritual del holocausto; en verdad se exigía la imposición de la mano en todos los casos donde hubiese pecado. El cristiano considera que la ceremonia de poner la mano sobre la víctima y apoyarse en ella es símbolo de su propia dependencia de Cristo para recibir la salvación. Al apoyarnos de esa forma, ponemos nuestros pecados sobre Cristo, y él ocupa nuestro lugar sobre el altar, un sacrificio “santo, agradable a Dios” (Romanos 12: 1).[3]

“Después de haber seguido las indicaciones dadas por Dios, el pecador arrepentido podía estar seguro de que la víctima era aceptada en su lugar”.[4]De la misma forma “nosotros podemos tener la seguridad de que, al seguir las indicaciones de Dios, podemos ser aceptos en Cristo, nuestro Sustituto, sabiendo que él ocupa nuestro lugar en el altar: lo que, en verdad, ya ha hecho en la cruz. Cristo murió por nosotros, en nuestro lugar, y porque él murió, nosotros viviremos”.[5]

Mi apreciado amigo (a), dice Romanos 6:23 que “la paga del pecado es muerte”, siendo así, todos estamos condenados, porque el pecado es parte de nuestra existencia. Gracias a Dios, que tenemos esperanza, “porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna”.[6] ¿Qué vas a hacer con esa oportunidad de vida?, ¿desperdiciarla?, ¿seguir “poniendo las manos sobre la cabeza de nuestro sustituto y degollarlo”? Yo decido, andar en nueva vida y decirles a mis amigos que hay esperanza, ¿y tú?

Pr. Joe Saavedra

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[1] Comentario Bíblico Adventista, Tomo 1, Levítico 1:4

[2] Jewish Encyclopedia, art. “Atonement, Day of” [Expiación, Día de la], tomo 2, pág. 286.

[3] Comentario Bíblico Adventista, Tomo 1, Levítico 1:4

[4] Ibid.

[5] Ibid.

[6] Juan 3:16 NVI

SAL

“Todas las ofrendas de cereal las sazonarán con sal, y no dejarán que les falte la sal del pacto de su Dios. A todas las ofrendas deberán ponerles sal” (Levítico 2:13 NVI)

La sal es la única roca mineral comestible por el hombre y es posiblemente el condimento más antiguo empleado por el ser humano, su importancia para la vida es tal que ha marcado el desarrollo de la historia en muchas ocasiones, moviendo las economías, siendo objeto de impuestos, monopolios y hasta guerras. Químicamente es conocido cómo cloruro sódico (o cloruro de sodio), cuya fórmula es NaCl.

En los tiempos bíblicos “el condimento más conocido y necesario para la alimentación humana era abundante en Israel, especialmente en la zona del mar Muerto. La primera mención que se hace de la sal es la estatua de la mujer de Lot (Génesis 19:26)”.[1] Además, “todos los sacrificios que se ofrecían a Dios tenían que ser sazonados con sal (Levítico 2:13), lo cual se contrapone a la prohibición de ofrecer cosa con levadura o miel (Levítico 2:11)”,[2] porque la sal por lo menos tiene dos funciones básicas: (1) Puede preservar los alimentos, especialmente sobre alimentos de fácil deterioro, y (2) puede proporcionar a los alimentos uno de los sabores básicos, el salado, pudiéndolo percibir debido a que en la lengua poseemos receptores específicos para su detección. Es decir, el consumo de sal modifica nuestro comportamiento frente a los alimentos ya que es un generador del apetito y estimula su ingesta.

Con razón la orden de Dios era: “Todas las ofrendas de cereal las sazonarán con sal, y no dejarán que les falte la sal del pacto de su Dios. A todas las ofrendas deberán ponerles sal”, “porque la idea era rechazar todo lo que produjera fermentación y decadencia, e incluir lo que ayudara a la preservación. Por eso, cuando se dice ‘pacto de sal’, la referencia es a un pacto duradero (Números 18:19; 2 Crónicas 13:5). La expresión ‘nos mantienen del palacio’, que se usa en Esdras 4:14, en el original lo que dice es ‘comemos de la sal del palacio’, con lo cual se apunta a una relación de lealtad y fidelidad hacia el rey”.[3] Dios desea que el compromiso de lealtad y fidelidad que asumimos con él, sea duradero, que se preserve a pesar de las pruebas duras que ofrece este mundo decadente, en el contexto de los alimentos sería un mundo “fermentado” por el pecado. La sal representa el compromiso incondicional que asumimos con Dios.

Por otro lado, como ya mencionamos, la sal modifica el sabor de los alimentos y produce el deseo de ingerirlos, por esa razón “el Señor Jesús dijo que los cristianos son ‘la sal de la tierra’ (Mateo 5:13) y los exhorta a tener sal en ellos mismos, porque ‘si la sal se hace insípida’ no puede ejercer su influencia para evitar la corrupción (Marcos 9:50)”.[4] De la misma forma nosotros somos llamados a ser la sal que Dios necesita para darle gusto a las verdades de salvación y hacerlos deseables a los que prueban su sabor. Elena de White dice: “La sal redentora, el sabor del cristiano, es el amor de Jesús en el corazón, la justicia de Cristo que ha penetrado en todo el ser. Si el que enseña religión desea mantener la eficacia salvadora de la fe, siempre deberá poner delante de él la justicia de Cristo, y tener la gloria de Dios por recompensa. Entonces su vida y su carácter manifestarán el poder de Jesús”.[5]

Mi amigo (a), eres llamado a preservar en tu vida el compromiso de amor y fidelidad a Dios, y a presentar el amor de Jesús a aquellos que su vida no tiene “sabor alguno”, que necesitan encontrarle sentido a su existencia. No seas insípido, no vayas por la vida mostrando un cristianismo débil e hipócrita, ese no es el evangelio de la Biblia.

Dios nos pedirá cuentas del evangelio que nos ha transmitido y de la orden que nos dio: “no dejarán que les falte la sal del pacto de su Dios”. Hoy, tomemos la decisión de marcar la vida de los demás.

Pr. Joe Saavedra

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[1] Alfonso Lockward, Nuevo Diccionario de la Biblia. (Miami: Editorial Unilit, 2003), 913.

[2] Ibid.

[3] Ibid, 914.

[4] Ibid.

[5] Recibiréis poder, 3 de junio

SEIS DÍAS Y UNO ESPECIAL

“Durante seis días se podrá trabajar, pero el día séptimo, el sábado, será de reposo consagrado al SEÑOR… Los israelitas deberán observar el sábado. En todas las generaciones futuras será para ellos un pacto perpetuo, una señal eterna entre ellos y yo” (Éxodo 31:15-17 NVI)

Los expertos en temas de parejas, opinan que una de las razones del fracaso de una relación matrimonial es la ausencia de un tiempo específico para la relación exclusiva de pareja. Y esto afecta directamente la comunicación, confianza y respeto, y sin estos ingredientes el amor no se puede sostener. Luego, con el amor vilipendiado, la rutina o monotonía se abre paso, cómo un asesino de una relación duradera, luego aparece desinterés y apatía, y con esto, el rompimiento está asegurado, pues por más sentimientos que se puedan tener por alguien, si no existe ilusión, motivación y alegría, nada salvará el matrimonio.

Quiere decir que todo fracaso en las relaciones de amor, se inicia cuando se deja a un lado los momentos específicos donde la pareja puede confirmar su amor, confianza y desechar las dudas y los temores. Con razón, se puede encontrar parejas de enamorados que viven ilusionados y felices, que viven contando el tiempo hasta encontrarse nuevamente con la persona que quieren, y una vez que se encuentran, pueden pasar horas y no de dan cuenta. Luego se despiden y desean volver a encontrarse una vez más. El amor se renueva cuando existe tiempo para renovarlo. Y durante ese lapso, el intercambio de ideas, sentimientos y emociones, genera un clima de intimidad donde el amor pueda crecer rebosante.

De la misma forma, el amor por Dios se renueva cuando pasamos tiempo con él, Con razón, el Creador del amor, que conoce perfectamente los más entreverados sentimientos del ser humano, ha provisto un día especial para que pasemos un tiempo específico con él, de tal forma que nuestra alegría de servirlo y adorarlo pueda renovarse. La Biblia dice: “Durante seis días se podrá trabajar, pero el día séptimo, el sábado, será de reposo consagrado al SEÑOR”. El Señor nos da seis días para realizar todas nuestras actividades, para trabajar, esforzarnos y procurar alcanzar nuestros objetivos, es decir para tener relación con todo lo que nos rodea; sin embargo Él separa el sábado como un día exclusivo para estar con nosotros, para renovar nuestro compromiso y fidelidad.

Los israelitas sabían que Dios había reservado un día para ellos, un día especial para relacionarse y fortalecer la confianza en su providencia. Ese día llegó a ser una marca de amor, confianza y seguridad entre ellos y su Creador. De la misma forma nosotros, somos llamados a considerar el sábado cómo el momento exclusivo para fortalecer nuestro amor incondicional por Dios, y obedecer todas las indicaciones que tenga que ver con ese día separado. Elena de White comenta: “Así como el sábado era la señal que distinguía a Israel cuando salió de Egipto para entrar en la Canaán terrenal, es ahora la señal que distingue al pueblo de Dios al salir del mundo y entrar en el reposo celestial. El sábado es una señal de la relación que existe entre Dios y su pueblo, una señal de que ellos honran su ley. Establece una distinción entre sus súbditos leales y los transgresores. . . El sábado dado al mundo como señal de que Dios es el Creador, es también la señal de que es el Santificador. El poder que creó todas las cosas es el que regenera el alma a su propia semejanza. Para aquellos que santifican el sábado es señal de santificación. La verdadera santificación es armonía con Dios, unidad con él en carácter. Se la recibe por medio de la obediencia a esos principios que son el trasunto de su carácter. El sábado es la señal de la obediencia. Aquel que obedece de corazón el cuarto mandamiento obedecerá toda la ley. Es santificado por la obediencia” (La maravillosa gracia, capítulo el “pacto y el sábado”).

Mi amigo (a), renueva tu confianza absoluta en el Señor, esté sábado marca un cita con el Creador, Él desea tener un tiempo exclusivo y sin interrupciones para ti, y desea repetirlo los otros sábados, hasta la eternidad. ¡Feliz sábado!

Pr. Joe Saavedra

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ENTREGUEMOS TODO

“Entonces Moisés ordenó que corriera la voz por todo el campamento: «¡Que nadie, ni hombre ni mujer, haga más labores ni traiga más ofrendas para el santuario!» De ese modo los israelitas dejaron de llevar más ofrendas, pues lo que ya habían hecho era más que suficiente para llevar a cabo toda la obra” (Éxodo 36:6-7 NVI)

Estos versículos son inusuales, porque lo normal es dar lo que sobra o dar lo que se puede. No recuerdo una experiencia así, donde se tenga que pedir a las personas que dejen de aportar para una determinada obra porque ya trajeron suficiente. Por el contrario, los fondos son escasos cuando se trata de hacer la obra de Dios. El que dirige muchas veces las reacciones de los hombres es el egoísmo, que los lleva a pensar en sí mismos y en satisfacer sus necesidades sin importarles las personas que les rodean.

El propósito de Dios es que los seres humanos, especialmente los que aceptaron a Jesús cómo Salvador,  manifiesten interés por los que le rodean, y transformar a su iglesia en un lugar de esperanza y consuelo para todos. En ese sentido, la iglesia promueve actividades que tienen por propósito servir y salvar a las personas, y para esto se necesitan recursos. Elena de White dice: “Los seres humanos pertenecen a una gran familia: la familia de Dios. El propósito del Creador era que los seres humanos se respetaran y se amaran mutuamente, y que siempre manifestaran un interés puro y abnegado en el bienestar mutuo. Pero Satanás se ha propuesto interesar a los hombres en primer término en sí mismos, y éstos al ceder a su control han desarrollado un egoísmo que ha llenado al mundo de miseria y lucha, y ha indispuesto a los hombres entre sí”[1]

Sin embargo “el egoísmo es la esencia de la depravación, y debido a que los seres humanos han cedido a su poder, hoy se ve en el mundo lo opuesto a la obediencia a Dios. Las naciones, las familias y los individuos están deseosos de convertirse ellos mismos en la figura central. El hombre desea gobernar sobre su prójimo. Al separarse, en su egotismo, de Dios y de sus semejantes sigue sus inclinaciones desenfrenadas. Actúa como si el bien de los demás dependiera de la sujeción de éstos a su supremacía”.[2] Un servidor de Cristo, que es gobernado por egoísmo, difícilmente se involucra en la tarea de llevar esperanza a la gente que lo necesita, y mucho menos desprenderse de los recursos que Dios le da. Mientras el egoísmo viva en la iglesia todo va a faltar, especialmente amor, trabajo misionero y dinero para alcanzar los objetivos que Dios nos encomendó.

Mi amigo (a), hoy, tú y yo, podemos pedir la transformación de nuestra vida, Dios puede extirpar el tumor del egoísmo, de tal forma que entreguemos para su servicio todo lo que tenemos y somos. Una iglesia sin egoísmo está lista para encontrarse con su Salvador, y no será raro escuchar entre sus filas: “Que nadie, ni hombre ni mujer, haga más labores ni traiga más ofrendas para el santuario”, “ya hay suficiente”.

Esta cita es para meditar: “Cristo es nuestro ejemplo. El dio su vida como sacrificio por nosotros, y nos pide que demos nuestras vidas como sacrificio por los demás. Así podremos desechar el egoísmo que Satanás se esfuerza constantemente por implantar en nuestros corazones. Este egoísmo significa la muerte de toda piedad, y puede vencerse únicamente mediante la manifestación de amor a Dios y a nuestros semejantes. Cristo no permitirá que ninguna persona egoísta entre en los recintos del cielo. Ningún codicioso puede cruzar las puertas de perla, porque toda codicia es idolatría”.[3]

¡Qué tengas un excelente día!

Pr. Joe Saavedra

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[1] Consejos sobre Mayordomía Cristiana, capítulo 4

[2] Ibid.

[3] Ibid.

BRILLA EN MÍ

“Cuando Moisés descendió del monte Sinaí, traía en sus manos las dos tablas de la ley. Pero no sabía que, por haberle hablado el SEÑOR, de su rostro salía un haz de luz” (Éxodo 34:29 NVI)

Hay un principio de vida que dice lo siguiente: “el medio que nos rodea influye de alguna manera en la forma en que vivimos”. Muchos de los comportamientos, aptitudes y reacciones de una persona, tienen que ver con la influencia de agentes externos. Los agentes externos pueden ser los medios de comunicación, el vecindario, la iglesia, el mismo ser humano y toda situación a la cual la persona tiene contacto. La influencia de inevitable.

La misma palabra “influencia” tiene que ver con la habilidad que tiene un agente externo de ejercer poder (en cualquiera de sus formas) sobre alguien, en forma individual o grupal. Específicamente entre personas, “la influencia se presenta en las interrelaciones de agentes humanos y se muestra claramente en los cambios de actitud que presenta un determinado grupo de personas a las cuales va dirigida, teniendo en cuenta el grado de los cambios determinando así el grado de influencia ejercida”.[1]

Entonces, actuamos a la medida del agente externo con quién nos relacionamos. Nadie puede estar inmune a la influencia que ejerce el medio que frecuenta. Inclusive nosotros podemos ser  una influencia negativa o positiva para las personas que nos frecuentan.

Por todo esto, cada uno de nosotros debería buscar a propósito la influencia de Dios en nuestras vidas, esa es la mejor influencia que podemos obtener. Cómo la experiencia de Moisés, él hablaba cara a cara con Dios, se gozaba de subir el monte y estar en su presencia constantemente. Inevitablemente, Moisés era influenciado por la presencia divina y eso se notaba hasta en su rostro porque dice las Escrituras que “por haberle hablado el SEÑOR, de su rostro salía un haz de luz”. Los hebreos podían percibir claramente la influencia de Dios en la vida de Moisés, la luz que irradiaba su rostro lo ponía al descubierto, tanto así que el líder de los israelitas debía cubrir su rostro porque “al ver Aarón y todos los israelitas el rostro resplandeciente de Moisés, tuvieron miedo de acercársele”.[2]

Mi amigo (a), ¿qué agente externo tiene la mayor influencia en tu vida?, ¿a quién frecuentas más cada día?, recuerda que es inevitable que el medio que nos rodea y que frecuentamos ejerce influencia en nuestra forma de vivir y actuar. ¿Por qué no elijes que la mayor fuente de influencia sea la presencia de Dios en tu vida?, tu rostro puede resplandecer con la luz de su presencia, de tal forma que todos los que te rodean puedan ver en ti  el poder, la misericordia y el amor de Dios. Hoy puedes tomar la decisión de pasar más tiempo con Dios, y dejar de ser influenciado por agentes externos que te están llevando a la ruina. Y por otro lado, la decisión que permanecer cerca de Dios, hará que te conviertas en influencia positiva y salvífica para los demás.

“Cada acto de nuestra vida afecta a otros para bien o mal. Nuestra influencia tiende a elevar o a degradar; es sentida por otros, hace que los demás obren impulsados por ella y en un grado mayor o menor es reproducida por otros. Si mediante nuestro ejemplo ayudamos a otros a desarrollar buenos principios, les damos poder para el bien. A su vez ellos ejercen la misma influencia benéfica sobre otras personas y en esa forma cientos y miles son afectados por nuestra influencia inconsciente. Si por medio de nuestros actos fortalecemos o estimulamos los poderes malignos poseídos por los que nos rodean, compartimos su pecado y tendremos que rendir cuenta por el bien que habríamos podido hacerles y no les hicimos, por no convertir a Dios en nuestra fortaleza, nuestro guía y consejero”.[3]

¡Yo decido pasar más tiempo con Jesús!,  ¿y tú?

Pr. Joe Saavedra

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[2] Éxodo 34:30 NVI

[3] Testimonies for the Church, tomo 2, pág. 133

LUZ ENCENDIDA

“Ordénales a los israelitas que te traigan aceite puro de oliva, para que las lámparas estén siempre encendidas. Aarón y sus hijos deberán mantenerlas encendidas toda la noche en presencia del SEÑOR, en la Tienda de reunión, fuera de la cortina que está ante el arca del pacto…” (Éxodo 27:20-21 NVI)

Como se había indicado, el santuario terrenal fue construido por laboriosos israelitas, al mando de Moisés, siguiendo cuidadosamente el modelo presentado por Dios en el monte.[1] Todas las indicaciones para su construcción fueron hechas en base a una construcción original que se encuentra en las moradas celestiales. La Biblia confirma la existencia de un santuario celestial: “Así que era necesario que las copias de las realidades celestiales fueran purificadas con esos sacrificios, pero que las realidades mismas lo fueran con sacrificios superiores a aquéllos. En efecto, Cristo no entró en un santuario hecho por manos humanas, simple copia del verdadero santuario, sino en el cielo mismo, para presentarse ahora ante Dios en favor nuestro”;[2] “Ahora bien, el punto principal de lo que venimos diciendo es que tenemos tal sumo sacerdote, aquel que se sentó a la derecha del trono de la Majestad en el cielo, el que sirve en el santuario, es decir, en el verdadero tabernáculo levantado por el Señor y no por ningún ser humano”;[3] “Se acercó otro ángel y se puso de pie frente al altar. Tenía un incensario de oro, y se le entregó mucho incienso para ofrecerlo, junto con las oraciones de todo el pueblo de Dios, sobre el altar de oro que está delante del trono”;[4] “Entonces se abrió en el cielo el templo de Dios; allí se vio el arca de su pacto, y hubo relámpagos, estruendos, truenos, un terremoto y una fuerte granizada”.[5]

Dentro de toda esta construcción particular y sagrada, se habían colocado lámparas cuyo combustible debía ser el más especial, y el aceite de oliva cumplía esa exigencia: “El aceite más común en tiempos bíblicos era el de oliva. El más puro se obtenía del fruto aún verde en noviembre, que se echaba en receptáculos y se machacaba ligeramente (Éxodo 27:20)”.[6] Además, estas lámparas tenían una particularidad especial, no debían apagarse nunca, su luz debería estar siempre brillando. Considerando que el santuario terrenal era una copia del santuario celestial, entonces cada actividad o utensilio tenía un mensaje más amplio para nosotros hoy. En este caso esa luz encendida constantemente tiene que ver con la explicación que da el doctor Lucas: “Estad siempre preparados y mantened las lámparas encendidas”,[7] y ¿para qué “preparadas y encendidas?, lo que continúa del texto en mención trae la respuesta: “Pórtense como siervos que esperan a que regrese su señor de un banquete de bodas, para abrirle la puerta tan pronto como él llegue y toque”.[8] Es decir, la luz encendida representa la expectativa y preparación del pueblo de Dios para el retorno de Cristo, de tal forma que lo encuentre listo y despierto. El hijo de Dios que mantiene “su lámpara encendida”, de ninguna manera será sorprendido por el retorno de Cristo, cómo un ladrón que sorprende en medio de la oscuridad. No obstante esa luz permanecerá encendida cuando no escasee el combustible, el aceite de oliva, que representa al Espíritu Santo, como el aceite más puro que puede hacer perpetua nuestra luz. Elena de White comenta sobre la luz y el aceite: “Se está extendiendo ahora la última invitación a la cena. La lámpara del alma debiera estar preparada y encendida mediante la provisión del aceite santo. En el nombre del Señor intimo a cada alma a que se aparte ahora de toda iniquidad, para que el día del Señor no la sorprenda como ladrón. La verdad debe ser proclamada en forma clara y definida, pero siempre tal como es en Jesús”.[9]

Mi amigo (a), ¡mantengamos encendidas nuestras lámparas!, ¡qué la luz de la preparación para retorno de Cristo, brille en nuestra vida!, “ahora es el momento de prepararnos para la venida de nuestro Señor. La preparación para salir a su encuentro no puede lograrse en un momento. En preparación para esta solemne escena, debiéramos esperar en actitud vigilante y velar, combinando todo ello con trabajo ferviente. Así glorifican a Dios sus hijos. En medio de las agitadas escenas de la vida, se oirán sus voces pronunciando palabras de ánimo, fe y esperanza. Todo lo que tienen y son está consagrado al servicio del Maestro…”.[10]

Cada mañana carguemos nuestras lámparas con el más puro aceite, de tal forma que la luz se encienda y no se apague. Con la luz encendida tenemos asegurada nuestra vida y el poder para compartirla: “Gran poder debe asistir al mensaje de la segunda aparición de Cristo. No debemos descansar hasta ver muchas almas convertidas a la bendita esperanza del regreso del Señor. En los días de los apóstoles el mensaje que ellos llevaron produjo una verdadera obra, convirtiendo las almas de los ídolos para servir al Dios viviente. La obra que tenemos que realizar hoy es igualmente real, y la verdad es igualmente verdadera; sólo que ahora debemos dar el mensaje con mucho más fervor ya que la venida del Señor está más cerca… El mensaje para este tiempo es positivo, sencillo y de la más profunda importancia. Debemos obrar como hombres y mujeres que lo creemos. Esperar, vigilar, trabajar, orar, amonestar al mundo: he aquí nuestra obra”. ¡Amén!

Pr. Joe Saavedra

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[1] Éxodo 25:9

[2] Hebreos 9:23,24 NVI

[3] Hebreos 8:1,2

[4] Apocalipsis 8:3 NVI. El altar del incienso de Éxodo 30:1-10 fue construido en base al modelo del incensario del cielo que menciona Juan en el Apocalipsis.

[5] Apocalipsis 11:19 NVI

[6] Wilton M. Nelson and Juan Rojas Mayo, Nelson Nuevo Diccionario Ilustrado de la Biblia, electronic ed. (Nashville: Editorial Caribe, 2000, c1998).

[7] Lucas 12:35 LBA

[8] Lucas 12:35 NVI

[9] Carta 11 , del 25 de enero de 1889

[10] Dios nos cuida, 29 de agosto