LIMPIOS Y RADIANTES

“Más radiantes que la nieve eran sus príncipes, y más blancos que la leche; más rosado que el coral era su cuerpo; su apariencia era la del zafiro. Pero ahora se ven más sucios que el hollín; en la calle nadie los reconoce. Su piel, reseca como la leña, se les pega a los huesos” (Lamentaciones 4:7-8 NVI)

No hay nada más agradable y reconfortante que irse a la cama con el cuerpo limpio y con un olor agradable. Después de una jornada de trabajo, de contacto con personas, objetos y el medio ambiente, el cuerpo queda impregnado de sudor y suciedad, es allí que necesitamos un merecido baño. Todo esto lo hemos aprendido de mi esposa, para quién la limpieza es extremadamente importante, por eso no deja entrar a la cama a nadie, si no se ha bañado, de nada sirven las suplicas, ni los pretextos, porque la regla familiar está puesta: “ni los hijos, ni papá, pueden entrar a la cama si no han pasado por la ducha”. Si alguna vez visitas mi casa al finalizar la tarde, te vamos a entregar una toalla y serás nuestro invitado de honor a la competencia de limpieza, esto es, correr para ver quién alcanza la ducha primero.

Actualmente nuestro mundo se caracteriza por la suciedad, los grupos ecologistas están preocupados porque mares, ríos, bosques y poblados tienen un alto grado de contaminación de diversas fuentes. Un ejemplo de esto es el Mar Mediterráneo, que actualmente es considerado el más contaminado del mundo. Así lo aseguran diversos informes realizados en los últimos años por organizaciones ecologistas. En sus aguas es tan fácil ver residuos plásticos como restos de hidrocarburos que proceden, sobre todo, de tierra firme. Las zonas con más residuos del Mediterráneo coinciden con los grandes puertos. Así ocurre en España, por ejemplo, con los de Algeciras y Barcelona. Quienes se bañan estos días en una playa mediterránea tienen muchas posibilidades de encontrarse basura en el agua. “En concreto podrían ver 33 unidades de residuos por cada metro cuadrado de agua. Es el promedio de suciedad de las costas españolas, según un informe sobre el estado de los mares del mundo publicado por Greenpeace. Además, hay otra contaminación que no se ve: hasta 10 gramos de hidrocarburos por litro, según un estudio de Oceana”.[1] Las causas de que el mar Mediterráneo es el más sucio del mundo, son los vertidos ilegales, descuidos humanos, causas naturales y transporte masivo de mercancías hacen que casi todo lo que está vivo en el Mare Nostrum corra peligro de contaminarse o incluso de desaparecer.

Cuando hablamos de suciedad, un buen concepto dice que “es algo impuro o sucio”,  y “tiene un sentido especial cuando está en contacto con la piel o la ropa de una persona, o con objetos y prendas personales que ensucian con el uso diario y se opone al concepto de limpieza”.[2] La suciedad “se adhiere por fuerzas electrostáticas, por anclaje mecánico (gránulos, fibras) o por modificación de superficie química (oxidación, pátina, moho). La suciedad puede ser causada también por precipitación (lluvia ácida, nube radiactiva) y heces (excrementos de ácaros, excrementos de aves, etc), orina, sebo, etc.”.[3] Todos estamos expuesto a la suciedad, en todo momento y en todo lugar.

En la Biblia encontramos que la suciedad no era tomada a la ligera. El Antiguo Testamento,  está lleno de ceremonias de limpieza para desaparecer todo rasgo de suciedad y contaminación, el libro de Levíticos abarca específicamente los asuntos de suciedad y limpieza. Por ejemplo, “el contacto con el cadáver de un animal inmundo producía impureza. De igual manera si el animal caía en una vasija, ésta quedaba inmunda. El agua que estuviere en contacto con el cadáver de un animal inmundo, también era impura, así como los alimentos que fueren afectados. Se eliminaba la impureza lavando los vestidos, bañándose y quedándose apartado ‘hasta la noche’. En algunos casos se requería también un sacrificio”.[4]

Sin embargo, la suciedad que más preocupa al Señor, es la suciedad del pecado. Quizás podamos tomar un buen baño cada tarde, y untarnos una buena crema y perfumes costosos. Quizás los que se acerquen a nosotros perciban olores agradables, y hasta nos pregunten la marca del perfume que usamos, pero hay suciedades que no se ven y olores que no se notan, que no pasan desapercibidos a los sentidos de Dios, porque Él lo conoce todo. Acciones inmorales ocultas, hábitos pecaminosos, valores positivos olvidados, deberes cristianos no cumplidos, son algunos ejemplos de la contaminación de la vida espiritual, y Dios no pasa por alto la contaminación, Él requiere una limpieza, cómo en los días del Santuario terrenal, donde Dios mandó a construir un lavatorio de bronce, que se ubicó justo a la entrada de la tienda donde el Altísimo moraba, allí se echaba agua y los sacerdotes debían lavarse si querían estar en la presencia de Dios, porque la orden fue clara: “Siempre que entren en la Tienda de reunión, o cuando se acerquen al altar y presenten al SEÑOR alguna ofrenda por fuego, deberán lavarse con agua”.[5]Con razón el Nuevo Testamento habla de la limpieza por agua a través del bautismo, y esa agua “simboliza el bautismo que ahora los salva también a ustedes. El bautismo no consiste en la limpieza del cuerpo, sino en el compromiso de tener una buena conciencia delante de Dios”.[6]

Mi amigo (a), nacimos para estar “radiantes como príncipes, más blancos que la leche, con la piel rosada; nuestra apariencia fue concebida como fino zafiro. Pero ahora nos ven más sucios que el hollín; en la calle nadie nos reconoce. Nuestra piel, reseca como la leña, se nos pega a los huesos”.[7]Esa es la condición de una vida de pecado. Dios nos invita: “Venid ahora, y razonemos… aunque vuestros pecados sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; aunque sean rojos como el carmesí, como blanca lana quedarán”.[8] ¿No te gustarías, aceptar la invitación de Dios?, porque el Señor nos rescató de dónde estábamos, para una vida limpia y renovada, “así que santifíquense y manténganse santos, porque yo soy santo”,[9] dice el Todopoderoso.

Pr. Joe Saavedra

Desde la línea de batalla  y un poquito antes del retorno de Cristo…

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[3] Ibid.

[4] Lockward, A. (2003). Nuevo diccionario de la Biblia (650). Miami: Editorial Unilit.

[5] Éxodo 30:18-20 NVI

[6] 1 Pedro 10:21 NVI

[7] Adaptación del autor

[8] Isaías 1:18 LBA

[9] Levítico 11:44 NVI

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ALABANZA A DIOS

“Él es el motivo de tu alabanza; él es tu Dios, el que hizo en tu favor las grandes y maravillosas hazañas que tú mismo presenciaste” (Deuteronomio 10:21 NVI)

Si hacemos una mirada retrospectiva a nuestra vida, con certeza tendremos que reconocer que Dios ha hecho grandes y maravillosas hazañas, y todo delante de nuestros ojos. Frente a esto, ¿cuál debería ser la respuesta de una persona que ha experimentado la mano poderosa de Dios? La respuesta es reiterativa a lo largo de Biblia: “Él es el motivo de tu alabanza; él es tu Dios…”. Alabar a Dios es la respuesta a la intervención divina.

“Alabanza” es un “acto mediante el cual se expresa reverencia, respeto, honor, amor y obediencia a Dios. En el AT se utiliza la palabra shachah para indicar esa actitud, con la connotación de ‘postrarse’, ‘arrodillarse’, ‘inclinarse’. En el NT el término es proskusneo, que es reverenciar a una persona. Usualmente el adorante baja ‘la cabeza hacia el suelo’ (Éxodo 34:8) o se postra en tierra (Job 1:20; Sal. 95:6), por lo cual muchas veces se usa la palabra ‘inclinarse” como equivalente a ‘alabanza’ (Éxodo 20:5; 2 R. 5:18)”.[1] El cristiano que ha presenciado las hazañas de Dios, hace de su vida un templo de adoración a Dios. Un ejemplo de esto, lo encontramos en el salmo 99:

“El SEÑOR es rey: que tiemblen las naciones. Él tiene su trono entre querubines: que se estremezca la tierra. Grande es el SEÑOR en Sión, ¡excelso sobre todos los pueblos! Sea alabado su nombre grandioso e imponente: ¡él es santo! Rey poderoso, que amas la justicia: tú has establecido la equidad y has actuado en Jacob con justicia y rectitud. Exalten al SEÑOR nuestro Dios; adórenlo ante el estrado de sus pies: ¡él es santo!  Moisés y Aarón se contaban entre sus sacerdotes, y Samuel, entre los que invocaron su nombre. Invocaron al SEÑOR, y él les respondió; les habló desde la columna de nube. Cumplieron con sus estatutos, con los decretos que él les entregó. SEÑOR y Dios nuestro, tú les respondiste; fuiste para ellos un Dios perdonador, aun cuando castigaste sus rebeliones. Exalten al SEÑOR nuestro Dios; adórenlo en su santo monte: ¡Santo es el SEÑOR nuestro Dios!”.[2]

Sin embargo, la adoración no es automática en la vida de un ser humano bendecido, porque el requisito indispensable es la fortaleza de reconocer la intervención de Dios.  Como dijo Lockward: “Para que exista ‘alabanza’ es imprescindible una actitud del corazón que reconoce en el objeto de la ‘alabanza’ el carácter de soberano señor y dueño, como en el Sal. 99, donde se comienza reconociendo la grandeza de Dios”.[3] Elena de White, menciona que “el Señor Jesús está muy cerca de aquellos que aprecian de ese modo sus dones de gracia, que descubren el origen de todos sus bienes en un Dios benevolente, amante y cuidadoso, y que reconocen en él a la gran Fuente de toda consolación, la vertiente inagotable de la gracia”, y este reconocimiento concibe alabanzas genuinas a Dios.

Mi amigo (a) que “reine la paz de Dios en vuestra alma. Entonces tendréis fuerzas para soportar todos los sufrimientos, y os gozaréis en el hecho de que poseéis gracia para resistir. Alabad al Señor; proclamad su bondad; hablad de su poder. Dulcificada la atmósfera que rodea vuestra alma… Alabad con alma, voz y corazón al que sostiene vuestra vida, vuestro Salvador y vuestro Dios”.[4]

Pr. Joe Saavedra

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[1] Lockward, A. (2003). Nuevo diccionario de la Biblia (23–25). Miami: Editorial Unilit.

[2] Salmos 99:1-9 NVI

[3] Lockward, A. (2003).

[4] Dios nos cuida, agosto 28

OK PADRE, ESTOY LISTO

“Reconoce en tu corazón que, así como un padre disciplina a su hijo, también el SEÑOR tu Dios te disciplina a ti” (Deuteronomio 8:5 NVI)

Hace dos años atrás, uno de mis hijos varones que en ese entonces tenía seis años, tuvo una fuerte amigdalitis. Toda la garganta la tenía irritada, a duras penas podía tragar algún sorbo de agua, definitivamente estaba sufriendo. La mamá doctora lo revisó y decidió que debía inyectarle algún antibiótico para cortar con el problema. Cuando el niño se enteró de la indicación médica, entró en pánico como cualquier menor que le tiene terror a la agujas. Recuerdo claramente la conversación que tuvo con la mamá, segundos antes que le aplicara la inyección.

Hijo: “Mamita, ¿por qué me tienes que poner la inyección?”

Mamá: “Hijito, porque estás mal, y tenemos que matar ese virus”

Hijo: “Mamita, ¿me va a doler?”

Mamá: “Si hijo lindo, te va doler”

Hijo: “Mamita, ¿va a doler mucho?”

Mamá: “Si corazón, va a doler mucho”

Hijo: “Mamita, ¡tengo miedo!”

Mamá: “Hijito lindo, acá estoy yo, va ser rápido y sé que después te vas  a sentir bien”

Hijo: “Mamita ¿puedo llorar?”

Mamá: “Si hijo, puedes llorar, pero no te muevas”

Hijo: “Ok mamita, sólo avísame el momento exacto que me vas a clavar”

Yo estaba allí porque debía sujetar al muchachito, pero no fue necesario, él había entendido que era para su bien. Así que se apoyó en la cama, y se quedó quieto. La mamá le aplicó la inyección, y mientras el chico sentía dolor, las lágrimas comenzaron a mojar sus mejillas. La verdad es que yo también comencé a llorar, porque amaba a ese muchacho y verlo sufrir me partía el corazón. Por la noche, él llegó primero a la mesa, tenía mucha hambre, su garganta ya estaba operativa.

Los que aman quieren lo mejor para sus seres amados. El mejor ejemplo podrían ser los padres de buen juicio. Ellos darían todo por sus hijos, y eso incluye una disciplina correcta para corregir lo que a futuro va a traer mucho dolor y desventura. Moisés, como buen padre, sabía eso, y escribió: “Reconoce en tu corazón que, así como un padre disciplina a su hijo, también el SEÑOR tu Dios te disciplina a ti”. “En la Biblia, el término “disciplina” se aplica primeramente al proceso de instrucción y corrección que Dios utiliza para con su pueblo o una persona. En el AT se expresa el concepto mediante las palabras hebreas yasar y musar, que se refieren a castigar, instruir. En el NT la palabra griega es paideia. Se relaciona el término con la idea del padre que corrige a su hijo”.[1] Quiere decir, que el proceso de disciplina consiste en aplicar instrucción y corrección con el principal interés de bienestar para el que la recibe. Y Dios, como nuestro Padre perfecto y amante, muchas veces tiene que disciplinarnos, porque hay cosas que debemos aprender y situaciones que debemos corregir. Por eso: “¡Cuán dichoso es el hombre a quien Dios corrige! No menosprecies la disciplina del Todopoderoso”,[2] “Hijo mío, no desprecies la disciplina del SEÑOR, ni te ofendas por sus reprensiones”.[3]

Por otro lado, hay unos detalles más que no puedo pasar por alto en referencia a la disciplina de Dios, que no se limita solamente “a la corrección cuando el hijo de Dios hace algo malo, sino que incluye la idea de someterlo a pruebas y dificultades, siempre con la idea de aumentar su santidad y hacerlo crecer en la fe”.[4] Por eso el apóstol Pablo decía: “… como castigados, mas no muertos”,[5]porque el principal propósito de Dios en la disciplina es “que participemos de su santidad”, aun cuando se trate de un castigo por algún pecado cometido, pues el Señor “nos disciplina para que no seamos condenados con el mundo”.[6]

Mi amigo (a), somos tan amados por Dios, que en su amor tiene que disciplinarlos, para que aprendemos lecciones o corrijamos acciones que nos están llevando a la ruina. Algunas veces, la disciplina acarrea dolor o lágrimas, o involucra miedo y zozobra, sin embargo, experimentarla es aceptar que hay un Dios que quiere lo mejor para nosotros. Amigo (a), fortalécete en las disciplinas pasadas, y si estás frente a una disciplina que es ineludible, puedes decirle a tu Padre:

Hijo: “Padre, ¿por qué me tienes que poner la inyección?”

Padre: “Hijito, porque estás andando mal y tenemos que matar ese pecado”

Hijo: “Padre, ¿me va a doler?”

Padre: “Si hijo lindo, te va doler”

Hijo: “Padre, ¿va a doler mucho?”

Padre: “Si hijito, va a doler mucho”

Hijo: “Padre, ¡tengo miedo!”

Padre: “Hijito lindo, la paz te dejo, mi paz te doy; yo no la doy como el mundo la da. No se turbe tu corazón, ni tengas miedo”.

Hijo: “Padre ¿puedo llorar?”

Padre: “Si hijo, llora conmigo”

Hijo: “ok, Padre, estoy listo”

Pr. Joe Saavedra

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[1] Lockward, A. (2003). Nuevo diccionario de la Biblia (300). Miami: Editorial Unilit.

[2] Job 5:17 NVI

[3] Proverbios 3:11 NVI

[4] Lockward, A. (2003).

[5] 2 Corintios 6:9

[6] 1Corintios 11:32 NVI

VALE MAS QUE EL ORO

“Sobre todas las cosas amo tus mandamientos, más que el oro, más que el oro refinado” (Salmos 119:127 NVI)

Conocía el oro solo en imágenes, nunca había estado en contacto con ese mineral hasta que un compañero en la universidad,  me llevó a conocer la joyería de su abuelo y pude ver cómo las hábiles manos del orfebre, transformaban  el apreciado mineral, aunque tosco, en finas obras de arte de mucho valor.

Hoy en día el corazón humano anhela tener riquezas, y hace todo lo que puede para obtenerlas. El oro es el símbolo de las riquezas, todo el dinero del mundo se respalda en ese valioso mineral, que es guardado en grande cantidades en bóvedas muy protegidas contra robos, y esto porque todos ansían obtenerlas.

Al remontarnos en la historia, podemos saber que este codiciado mineral, es una piedra muy conocida y utilizada por los artesanos desde el los tiempos calcolíticos, esto significa que ya era apreciado desde hace cientos de años atrás. Desde entonces, el oro es uno de los metales tradicionalmente empleados para acuñar monedas; se utiliza en la joyería, la industria y la electrónica por su resistencia a la corrosión. Además, se ha empleado como símbolo de pureza, valor y realeza.  El oro, es de color  amarillo, cuyo símbolo químico es Au (del latín aurum, “brillante amanecer”). Sin embargo, en la Biblia hay algo más precioso que el oro, que da valor a una vida y hace brillar cualquier historia oscura. David se refirió a ese tesoro de la siguiente forma: “SEÑOR, ya es tiempo de que actúes, pues tu ley está siendo quebrantada. Sobre todas las cosas amo tus mandamientos, más que el oro, más que el oro refinado”. Él sabía del valor superior de guardar los mandamientos de Dios y de las bendiciones que repara esa acción, con razón decía: “Por eso tomo en cuenta todos tus preceptos y aborrezco toda senda falsa”.[1]

Un ejemplo del valor muy preciado de guardar los mandamientos es que optimiza la vida y la prolonga. Cómo el oro que también ha sido considerado en épocas antiguas, cómo un amuleto que podría prolongar su tiempo de vida y retardar el envejecimiento, de tal forma que algunos ingerían sus alimentos diarios servidos en platos de oro,[2] y algunos alquimistas, daban a los enfermos oro finamente pulverizado, porque pensaban que podría sanar la peste Negra que sacudió Europa. Con razón el líder Moisés dijo: “Honra a tu padre y a tu madre, para que disfrutes de una larga vida en la tierra que te da el SEÑOR tu Dios”, y también añadió: “Éstos son los mandamientos, preceptos y normas que el SEÑOR tu Dios mandó que yo te enseñara, para que los pongas en práctica en la tierra de la que vas a tomar posesión, para que durante toda tu vida tú y tus hijos y tus nietos honren al SEÑOR tu Dios cumpliendo todos los preceptos y mandamientos que te doy, y para que disfrutes de larga vida”.[3]

Elena de White, también resaltó el valor de los mandamientos cuando escribió: “Cristo declara: ‘Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame’ (Mateo 16: 24). Los que están vestidos con el traje de bodas, el manto de la justicia de Cristo, no dudarán acerca de si deben levantar la cruz y seguir en las pisadas del Salvador. Voluntariamente y con gozo obedecerán sus mandamientos. Las almas perecen lejos de Cristo. Cuán contradictorio, entonces, es todo esfuerzo que se realiza para conseguir puestos y riquezas. ¡Cuán débiles son los motivos que Satanás puede presentar, que el egoísmo y la ambición pueden proporcionar, en comparación con las lecciones que Cristo ha dado en su Palabra! ¡Cuán indigna es la recompensa que el mundo ofrece comparada con la que nos promete nuestro Padre celestial”[4]

Mi amigo (a), la verdadera riqueza no se encuentra en posesiones de oro, sino en observar atentamente los mandamientos de Dios. Antes de que cierres este espacio web, no dejes de reflexionar en el consejo del rey David: “Hijo mío, pon en práctica mis palabras y atesora mis mandamientos. Cumple con mis mandatos, y vivirás; cuida mis enseñanzas como a la niña de tus ojos. Llévalos atados en los dedos; anótalos en la tablilla de tu corazón”.[5] ¡Seamos ricos en el Señor!

Pr. Joe Saavedra

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[1] Salmos 119:128

[3] Deuteronomio 6:1-2 NVI[3]

[4] Consejos sobre Mayordomía Cristiana, capítulo 44

[5]  Proverbios 7:1-3 NVI

 

CORAZÓN FELIZ

“Mejor es un bocado seco y con él tranquilidad, que una casa llena de banquetes con discordia” (Proverbios 17:1 LBA)

Hace algunos días atrás, estuve leyendo sobre algunas culturas del mundo, y me detuve en las informaciones muy interesantes de las exóticas comidas chinas. Uno de los potajes famosos de China se llama “dim sum”, que es una comida liviana que se suele servir con té. Se come en algún momento entre la mañana y las primeras horas de la tarde. Contiene combinaciones de carnes, vegetales, mariscos y frutas. Se suele servir en pequeñas canastas o platos, dependiendo del tipo de dim sum. Sin embargo, no me llamó la atención el plato en sí mismo, sino su significado. Dim sum es un término cantonés que puede traducirse como “ordenar hasta satisfacer al corazón” o “tocar el corazón”. Si todo lo que uno hace es con el “corazón satisfecho”, es decir, en tranquilidad y alegría, entonces será mejor aprovechado, habrá salud y bienestar. Y especialmente para comer el “corazón” debería estar satisfecho, porque no sólo ingerimos la comida también ingerimos los pensamientos y sentimientos que acompañan el acto mismo de comer. Por eso, es importante comer sin prisa, despacio y libre de estrés, y que hagamos de la hora de comer un momento especial. Con razón, el sabio Salomón escribió: “Mejor es un bocado seco y con él tranquilidad, que una casa llena de banquetes con discordia”.

Aunque la verdad central de ese versículo no es la alimentación, porque el  énfasis recae en la “superioridad del ambiente y la actitud de las personas hacia los bienes”,[1] es decir la persona verdaderamente rica, es la que vive en tranquilidad y alegría. Salomón compara dos ambientes en los cuales un ser humano puede vivir: (1) una casa de tranquilidad y (2) otra con contiendas o disputas. Y para que entendamos el valor de una vida en paz contrasta dos tipos de comida, una es “un bocado seco” y la otra “un banquete”. Por supuesto que el bocados seco representa lo más pobre de la alimentación, porque en ese tiempo el pobre por lo menos mojaba su pan, y el que no podía ni eso, entonces era un pobre extremo, su vida era de sobrevivencia o en un sentido figurativo para mostrar que no tenía nada de valor.[2] Por otro lado, la segunda comida gira alrededor del concepto de banquete, que viene de la palabra hebrea zebaj, que se define como “sacrificio” y como todo el proceso incluyendo la comida de lo ofrecido en el sacrificio. Aquí se usa la palabra para hacer referencia a la comida, muchas veces abundante, durante el mismo día o dentro de dos días después del sacrificio.[3] Estas dos posibilidades, un bocado seco y con tranquilidad y una casa llena de banquetes con contiendas, están ilustrando los dos ambientes en el cual el ser humano decide pasar su existencia: en paz o en conflicto.

Si es en paz, entonces todo se vuelve una bendición, allí no importa cuánto tengas o donde vives, porque cuando el corazón está satisfecho, la vida tiene color y es bien vivida; pero, de nada vale todas las riquezas si es que la existencia humana es sombría y llena de discordia. El sabio Salomón, hace un llamado a vivir en alegría y paz, y esta condición no te da el dinero, las posesiones o el apellido, sino el perdón y la gracia de Dios.

Mi amigo (a), decide vivir en tranquilidad y alegría, no te dejes llevar por el descontrol y desesperación de este mundo que avanza a mil por hora, y se alimenta de estrés y locura. Detente un momento, tranquiliza las pulsaciones de tu corazón, ir más rápido no solucionada nada, pero vivir con el corazón satisfecho es prolongar tu existencia y vivir plenamente. Sin embargo, solamente “el corazón que está en armonía con Dios es partícipe de la paz del Cielo, y difundirá su bendita influencia a su alrededor. El espíritu de paz descansará como rocío sobre los corazones cansados y cargados con la lucha mundanal”.[4] No te olvides que es “mejor es un bocado seco y con él tranquilidad, que una casa llena de banquetes con discordia”. ¡Qué un buen día”.

Pr. Joe Saavedra

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[1] Carro, D., Poe, J. T., Zorzoli, R. O., & Editorial Mundo Hispano (El Paso, T. (1993-). Comentario bı́blico mundo hispano Proverbios-Cantares (1. ed.) (184). El Paso, TX: Editorial Mundo Hispano.

[2] Ibid.

[3] Ibid.

[4] Signs of the Times , 27 de diciembre de 1905

 

FAVORITOS DE QUIÉN NOS DIÓ LA VIDA

“Pueden ser sesenta las reinas, ochenta las concubinas e innumerables las vírgenes, pero una sola es mi palomita preciosa, la hija consentida de su madre, la favorita de quien le dio la vida…” (Cantares 6:8-9 NVI)

Hace seis años, miraba tras un vidrio,  a una frágil niña que luchaba por su vida. No podía entender porque ella tenía que estar conectada a mangueras y agujas filudas. Su nacimiento prematuro, su poco peso y un corazoncito débil no eran buena señal de sobrevivencia. Allí parado, me sentía un hombre derrotado, porque yo era el padre, ella me tenía a mí, y yo no podía hacer nada. Dolía el corazón, con un dolor que solamente los padres podemos entender.

Todo allí contrastaba con el “sobrenombre” que mi hijo mayor le había puesto: “Roca”. Aunque ese nombre me daba esperanza, porque teníamos una Roca en quién podíamos esperar, y una “roquita” que ya había salido de otras dificultades, como soportar meses atrás contra todo pronóstico, el veneno de una anestesia general. Y la Roca mayor actúo, y a pesar que otro pacientito dejó de luchar, esa nenita estaba empeñada en hacer gala de su “sobrenombre”: “La Roca”, y sobrevivió a todo. Por eso la firmé cómo “Rubí”, piedra preciosa, muy resistente y tremendamente bella.

Sin embargo, no pudo dejar lo medicamentos, porque le detectaron un problema al corazón. Y la batalla por su vida debía continuar. Pero la Roca siguió dando pelea, no podía rendirse fácilmente. Han pasado seis años, y cada noche que voy a la habitación de “mi palomita preciosa” es una emoción verla dormir plácidamente, porque si todavía está allí, es porque debe ser “la favorita de quién le dio la vida”, la Roca Mayor, porque “El SEÑOR es mi roca, mi amparo, mi libertador; es mi Dios, el peñasco en que me refugio. Es mi escudo, el poder que me salva, ¡mi más alto escondite!”.[1]

Una de las primeras palabras que aprendió hablar “mi palomita preciosa” fue “pinchas”, en referencia a las inyecciones dolorosas que tenían que aplicarle. Y todo se complicó cuando las “pinchas” fueron más seguidas y  más constantes por la cirugía y el tratamiento al corazón. Definitivamente ella le tenía un terror a las agujas. Mi corazón seguía doliendo y los temores también. Un día, hace tres años atrás, mientras la niña lloraba por “una pincha más”, al verme entrar a la habitación, corrió  a mí y con  su sencillo lenguaje me dijo: “papito, no más pinchas, no más pinchas”. Abracé su frágil cuerpecito y le dije: “mi palomita preciosa, no más pinchas, no más pinchas”. Esa noche fui a mi cuarto, y levanté la vista hacia La Roca, porque de allí viene mi socorro, y le dije: “Señor no más pinchas, no más pinchas”. Hoy cumple seis años, está con nosotros y cuando la desperté muy de mañana le dije al oído: “no más pinchas, no más pinchas”.

Mi amigo(a), lo que te conté es una parte de mi historia, tú también tienes tu historia, y en ella seguramente debe haber dolor, frustraciones y alegrías, pero no me gustaría que tu historia pase sin que cada día recuerdes que eres el favorito(a) del Señor, Él te ve cómo un palomito(a) hermoso(a), por ti dio la vida y por ti está presto a actuar y dar el socorro oportuno. Si recuerdas esta verdad, entonces tu historia  estará lleno de agradecimientos a la Roca Mayor que te sustenta y te motiva a seguir peleando tus batallas. ¡Alabanzas a quién nos dio la vida!

Pr. Joe Saavedra

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[1] Salmos 18:2 NVI

EL BIEN MAS PRECIADO

“… cuando un hombre haga un voto al SEÑOR, o bajo juramento haga un compromiso, no deberá faltar a su palabra sino que cumplirá con todo lo prometido” (Números 30:2 NVI)

“Ya te llamo”, “por la tarde te busco”, “uno de estos días jugamos”, “mañana salimos”, son algunas frases comunes que los adultos las pronuncian cuando quieren sacarse rápidamente un compromiso, y lo hacen especialmente con los niños. Lo curioso de esto es que muchas veces las pronuncian sin pensar,  y muy pocas veces se cumplen, porque esa llamada no se hace, esa visita no se concreta, ese juego no llega y esa salida prometida no se realiza.

Algunas veces algunos amigos les han hecho algunas promesas rápidas a mis pequeños hijos, quizás sin pensar o como un formalismo más, entonces he tenido que intervenir y hacerles algunas preguntas: “¿de verdad vas a llamar?, ¿mañana a qué hora vas a venir?, ¿cuándo le vas a traer lo que le estás prometiendo?”. Al ver sus rostros perplejos, los llamo a parte y los exhorto: “a mis hijos les estoy enseñando el valor de la palabra, si no vas a poder cumplir una promesa, no hagas una”. Otras veces he tenido que llamarlos y decirle: “mi hijo te está esperando, ¿cuánto más te esperamos?”.

Considero que el problema radica en que muchas personas no han entendido lo que significa una promesa. Según la famosa enciclopedia en línea Wikipedia, una “promesa es un contrato por el cual una de las partes, o ambas, se obligan, dentro de cierto lapso, sea por el vencimiento de un plazo o por el cumplimiento de una condición, a celebrar un contrato futuro determinado”.[1] Y así debe considerarse una promesa: “una obligación que no se puede eludir”. Otros no se han dado cuenta que existe un bien muy preciado que debe cuidarse; “el valor de la palabra”. Lo triste es que no son pocos los que las pierden o no se han percatado del valor de cumplir una promesa. Con razón Moisés, conociendo la naturaleza de Dios, que es verdad y rectitud nos exhorta: “… cuando un hombre haga un voto al SEÑOR, o bajo juramento haga un compromiso, no deberá faltar a su palabra sino que cumplirá con todo lo prometido”.

El Señor Jesús rechaza la mentira y denuncia a su inventor: “Ustedes son de su padre, el diablo, cuyos deseos quieren cumplir. Desde el principio éste ha sido un asesino, y no se mantiene en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando miente, expresa su propia naturaleza, porque es un mentiroso. ¡Es el padre de la mentira!”.[2] La mentira impide que una persona cumpla su palabra, porque la boca mentirosa es contraria a respetar promesas. A Dios no le agrada la mentira entre seres humanos y menos las que están en relación con Él. Y una promesa que no se cumple, es una mentira descarada.

El mayor ejemplo de respetar las promesas es Dios, la Biblia afirma que “ni una sola de las buenas promesas del SEÑOR a favor de Israel dejó de cumplirse, sino que cada una se cumplió al pie de la letra”.[3] Entonces nosotros somos llamados a cumplir nuestra palabra, de esa forma representamos dignamente al que nos llamó, cuya boca no lleva engaños. Elena de White, resalta el cumplimiento seguro de las promesas de Dios especialmente en los días finales de la tierra: “La iglesia, que está por entrar en su más severo conflicto, será el objeto más querido para Dios en la tierra. La confederación del mal será impulsada por un poder de abajo, y Satanás arrojará todo vituperio posible sobre los escogidos a quienes no puede engañar y alucinar con sus invenciones y falsedades satánicas. Pero. . . Cristo. . . ¿dejará de cumplir su promesa? No; nunca, nunca”.[4]

Mi amigo (a), Dios nos ha dado un bien muy preciado, que una vez que se pierde, es muy difícil de recuperar: “una boca que habla verdad y cumple promesas”. Pidamos a Dios que nos de la fortaleza de cuidar ese bien, que hace verdaderamente ricos a los que poseen, y miserables a los que la pierden. Cuando Cristo retorne a la tierra, en la lista de salvos, solo estarán los que “no se encontró mentira alguna en su boca, pues son intachables”.[5]

Pr. Joe Saavedra

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[2] Juan 8:44 NVI

[3] Josué 21:45 NVI

[4] En lugares celestiales, 4 de octubre

[5] Apocalipsis 14:5 NVI