IMPUREZAS

“Ustedes deben mantener apartados de la impureza a los israelitas. Así evitarán que ellos mueran por haber contaminado mi santuario, que está en medio de ellos” (Levítico 15:31 NVI)

A partir del capítulo 11 hasta el capítulo 16 de Levítico, hay una palabra que resalta, y resulta casi imposible ignorarla: “impureza”. Un resumen rápido sería el siguiente:

11:1–11:47 Impurezas de los animales

12:1–12:8 Impureza por causa del alumbramiento

13:1–14:57 Impureza por enfermedades de la piel (lepra)

15:1–15:33 Impurezas por emisiones genitales

16:1–16:34 Impurezas del santuario y la nación

Generalmente, los diccionarios, entienden por impureza a una “sustancia o conjunto de sustancias extrañas a un cuerpo o materia que están mezcladas con él y alteran, en algunos casos, alguna de sus cualidades”;[1] sin embargo, el término hebreo más común de impureza en el Antiguo Testamento,[2] es “tame’”,  y en griego “akatharsía”, cuyo significado apuntaba a una “contaminación que puede ser física, moral o ceremonial, aunque en el AT principalmente es la última (Lv. 5:2; 7:19: 10:10; etc.)”.[3] Es decir, las impurezas denunciadas en Levítico estaban relacionadas al Santuario de Dios, a la verdadera adoración que Él se merece, porque este libro “enfatiza sobre todo la santidad de Dios (“Santos seréis, porque santo soy yo Jehová vuestro Dios” [Lv. 19:2]). Tras construirse el tabernáculo, Dios establece los métodos por los cuales se podía tener acceso a él”,[4] y una de las indicaciones claras era que ninguna cosa, animal o persona impura podía tener acceso a la presencia de Dios, por qué “el mandamiento de Jehovah es puro; alumbra los ojos”.[5] Por esa razón observamos en Levítico una serie de indicaciones para limpiarse delante Dios o mantenerse alejados de la impureza, por eso el texto de hoy dice: “Ustedes deben mantener apartados de la impureza a los israelitas. Así evitarán que ellos mueran por haber contaminado mi santuario, que está en medio de ellos”.

Dios es santo, y todo lo que se relaciona con él es puro, así lo especifica el libro de Hebreos: “Nos convenía tener un sumo sacerdote así: santo, irreprochable, puro, apartado de los pecadores y exaltado sobre los cielos”.[6] Y el principal elemento que contamina todo se llama pecado, por eso Levítico “lo combate por medio de sus instituciones de sacrificio y purificación—el pecado social por medio del año sabático y el de jubileo, los pecados sexuales por medio de las leyes de la castidad—, y también por medio de sus promesas y advertencias. Esa es la significación permanente del libro de Levítico. Es el libro de la santificación, de la consagración de la vida (el holocausto se destaca claramente en el libro), el libro de la abstención de pecar y de la expiación por el pecado, de la lucha contra el pecado y su eliminación del seno del pueblo del Señor”.[7] El pecado contamina al hombre, y lo contaminado no tiene acceso a la presencia de un Dios inmaculado y santo.

Nuestro deseo de acercarnos a Cristo puede ser posible si limpiamos nuestra vida de cualquier atisbo de contaminación de pecado, la invitación es: “Acérquense a Dios, y él se acercará a ustedes. ¡Pecadores, límpiense las manos! ¡Ustedes los inconstantes, purifiquen su corazón!”.[8]  Dios es santo, no comulga ni tiene relación con el pecado, aunque ama al pecador, aborrece el pecado y lo rechaza. Por esa razón, no tomemos las faltas como cualquier detalle sin importancia, ni las “manchas” de pecado como cualquier asunto de poca validez, nadie se burla de Dios.

Mi amigo (a), aferrándonos a Cristo cada día, podemos cubrir nuestras impurezas, y en ese estado  podemos estar delante de la presencia de un Dios inmaculado, porque “para los puros todo es puro, pero para los corruptos e incrédulos no hay nada puro. Al contrario, tienen corrompidas la mente y la conciencia”.[9] No olvidemos “el cielo es un lugar limpio y santo. Dios es puro y santo. Todos los que acuden a su presencia debieran prestar atención a sus directivas, y conservar su cuerpo y su ropa en una condición de pureza y limpieza, manifestando de este modo respeto a ellos mismos y a él. El corazón también debiera ser santificado. Los que lo hagan no deshonrarán su sagrado nombre adorándolo mientras sus corazones están contaminados y su apariencia es desprolija. Dios ve las cosas. Observa la preparación del corazón, los pensamientos, la pureza en la apariencia de aquellos que lo adoran”.[10] Hoy es un día de tomar decisiones de pureza.

Pr. Joe Saavedra

Desde la línea de batalla  y un poquito antes del retorno de Cristo…

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[2] En adelante AT

[3] Diccionario Bíblico Adventista, “impureza”

[4] Alfonso Lockward, Nuevo Diccionario de La Biblia. (Miami: Editorial Unilit, 2003), 642.

[5] Salmos 19:8 RVA

[6] Hebreos 7:26 NVI

[7] J.D. Douglas, Nuevo Diccionario Bíblico: Primera Edición (Miami: Sociedades Bíblicas Unidas, 2000).

[8] Santiago 4:8 NVI

[9] Tito 1:15 NVI

[10] Hijos e hijas de Dios, capítulo: “limpios por dentro y por fuera”

ÉL TOMA MI LUGAR

“Llevará el novillo ante el SEÑOR, a la entrada de la Tienda de reunión, e impondrá la mano sobre la cabeza del novillo, al que degollará en presencia del SEÑOR” (Levítico 4:4 NVI)

Los israelitas le daban un tratamiento especial al pecado. Dios les había enseñado  que el pecado significaba muerte, el capítulo 21 de Éxodo es una muestra de la fatalidad que significaba entrar en relación con él. La única opción que tenían para no pagar las consecuencias era deshacerse del pecado. Para ello, Dios en una forma ilustrativa, les enseñó una serie de procedimientos para transferir la falta a un sustituto, de tal forma que sea otro el que pagara la consecuencia de su pecado. Levítico capítulo 4, enseña el derrotero que debía seguir un israelita para transferir su pecado y librarse de la muerte: (1) Mano sobre la cabeza de la víctima; (2) animal degollado; (3) se rociaba sangre delante del velo en el lugar santo, y  se colocaba sobre los cuernos del altar de oro; (4) el resto de la sangre se vertía al pie del altar de los holocaustos; (5) el sebo, riñones, etc., quemados sobre el altar; finalmente, (6) el animal entero -con cuero, entrañas, estiércol, etc.- se quemaba fuera del campamento.

Ese asunto de poner las manos sobre una animal, no era un asunto simple o un procedimiento decorativo, había mucho más que eso, el Comentario Bíblico Adventista comenta que: “La colocación de la mano del que ofrecía el sacrificio sobre la cabeza de la víctima era parte solemne y esencial del ritual. La palabra samak, ‘poner’, significa ‘apoyarse’ con el peso del cuerpo. Este acto pues representaba la total dependencia del pecador en su sustituto. Respecto al significado de este rito, los comentadores, antiguos y modernos, entienden que representa la transferencia simbólica a la víctima de los pecados del que ofrece el sacrificio, o la sustitución del pecador por la víctima que así muere en su lugar”.[1] “La imposición de las manos sobre la cabeza de la víctima es un rito común por el cual se efectúan la sustitución y la transferencia de los pecados”. “En todo sacrificio existe la idea de sustitución; la víctima ocupa el lugar del pecador humano”.[2] Es decir, colocar las manos sobre la víctima, significaba transferir todo el peso del pecado, con sus activos y pasivos, esto es, hechos y consecuencias.

En esta ceremonia de transferencia, Dios estaba enseñando algo más grande y delicado: “Puesto que los cristianos ahora por fe ponen sus pecados sobre Jesús, el Cordero de Dios, parece apropiado encontrar en el conjunto de sacrificios una ceremonia que represente esto. Lo encontramos reflejado en el ritual del holocausto; en verdad se exigía la imposición de la mano en todos los casos donde hubiese pecado. El cristiano considera que la ceremonia de poner la mano sobre la víctima y apoyarse en ella es símbolo de su propia dependencia de Cristo para recibir la salvación. Al apoyarnos de esa forma, ponemos nuestros pecados sobre Cristo, y él ocupa nuestro lugar sobre el altar, un sacrificio “santo, agradable a Dios” (Romanos 12: 1).[3]

“Después de haber seguido las indicaciones dadas por Dios, el pecador arrepentido podía estar seguro de que la víctima era aceptada en su lugar”.[4]De la misma forma “nosotros podemos tener la seguridad de que, al seguir las indicaciones de Dios, podemos ser aceptos en Cristo, nuestro Sustituto, sabiendo que él ocupa nuestro lugar en el altar: lo que, en verdad, ya ha hecho en la cruz. Cristo murió por nosotros, en nuestro lugar, y porque él murió, nosotros viviremos”.[5]

Mi apreciado amigo (a), dice Romanos 6:23 que “la paga del pecado es muerte”, siendo así, todos estamos condenados, porque el pecado es parte de nuestra existencia. Gracias a Dios, que tenemos esperanza, “porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna”.[6] ¿Qué vas a hacer con esa oportunidad de vida?, ¿desperdiciarla?, ¿seguir “poniendo las manos sobre la cabeza de nuestro sustituto y degollarlo”? Yo decido, andar en nueva vida y decirles a mis amigos que hay esperanza, ¿y tú?

Pr. Joe Saavedra

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[1] Comentario Bíblico Adventista, Tomo 1, Levítico 1:4

[2] Jewish Encyclopedia, art. “Atonement, Day of” [Expiación, Día de la], tomo 2, pág. 286.

[3] Comentario Bíblico Adventista, Tomo 1, Levítico 1:4

[4] Ibid.

[5] Ibid.

[6] Juan 3:16 NVI

SAL

“Todas las ofrendas de cereal las sazonarán con sal, y no dejarán que les falte la sal del pacto de su Dios. A todas las ofrendas deberán ponerles sal” (Levítico 2:13 NVI)

La sal es la única roca mineral comestible por el hombre y es posiblemente el condimento más antiguo empleado por el ser humano, su importancia para la vida es tal que ha marcado el desarrollo de la historia en muchas ocasiones, moviendo las economías, siendo objeto de impuestos, monopolios y hasta guerras. Químicamente es conocido cómo cloruro sódico (o cloruro de sodio), cuya fórmula es NaCl.

En los tiempos bíblicos “el condimento más conocido y necesario para la alimentación humana era abundante en Israel, especialmente en la zona del mar Muerto. La primera mención que se hace de la sal es la estatua de la mujer de Lot (Génesis 19:26)”.[1] Además, “todos los sacrificios que se ofrecían a Dios tenían que ser sazonados con sal (Levítico 2:13), lo cual se contrapone a la prohibición de ofrecer cosa con levadura o miel (Levítico 2:11)”,[2] porque la sal por lo menos tiene dos funciones básicas: (1) Puede preservar los alimentos, especialmente sobre alimentos de fácil deterioro, y (2) puede proporcionar a los alimentos uno de los sabores básicos, el salado, pudiéndolo percibir debido a que en la lengua poseemos receptores específicos para su detección. Es decir, el consumo de sal modifica nuestro comportamiento frente a los alimentos ya que es un generador del apetito y estimula su ingesta.

Con razón la orden de Dios era: “Todas las ofrendas de cereal las sazonarán con sal, y no dejarán que les falte la sal del pacto de su Dios. A todas las ofrendas deberán ponerles sal”, “porque la idea era rechazar todo lo que produjera fermentación y decadencia, e incluir lo que ayudara a la preservación. Por eso, cuando se dice ‘pacto de sal’, la referencia es a un pacto duradero (Números 18:19; 2 Crónicas 13:5). La expresión ‘nos mantienen del palacio’, que se usa en Esdras 4:14, en el original lo que dice es ‘comemos de la sal del palacio’, con lo cual se apunta a una relación de lealtad y fidelidad hacia el rey”.[3] Dios desea que el compromiso de lealtad y fidelidad que asumimos con él, sea duradero, que se preserve a pesar de las pruebas duras que ofrece este mundo decadente, en el contexto de los alimentos sería un mundo “fermentado” por el pecado. La sal representa el compromiso incondicional que asumimos con Dios.

Por otro lado, como ya mencionamos, la sal modifica el sabor de los alimentos y produce el deseo de ingerirlos, por esa razón “el Señor Jesús dijo que los cristianos son ‘la sal de la tierra’ (Mateo 5:13) y los exhorta a tener sal en ellos mismos, porque ‘si la sal se hace insípida’ no puede ejercer su influencia para evitar la corrupción (Marcos 9:50)”.[4] De la misma forma nosotros somos llamados a ser la sal que Dios necesita para darle gusto a las verdades de salvación y hacerlos deseables a los que prueban su sabor. Elena de White dice: “La sal redentora, el sabor del cristiano, es el amor de Jesús en el corazón, la justicia de Cristo que ha penetrado en todo el ser. Si el que enseña religión desea mantener la eficacia salvadora de la fe, siempre deberá poner delante de él la justicia de Cristo, y tener la gloria de Dios por recompensa. Entonces su vida y su carácter manifestarán el poder de Jesús”.[5]

Mi amigo (a), eres llamado a preservar en tu vida el compromiso de amor y fidelidad a Dios, y a presentar el amor de Jesús a aquellos que su vida no tiene “sabor alguno”, que necesitan encontrarle sentido a su existencia. No seas insípido, no vayas por la vida mostrando un cristianismo débil e hipócrita, ese no es el evangelio de la Biblia.

Dios nos pedirá cuentas del evangelio que nos ha transmitido y de la orden que nos dio: “no dejarán que les falte la sal del pacto de su Dios”. Hoy, tomemos la decisión de marcar la vida de los demás.

Pr. Joe Saavedra

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[1] Alfonso Lockward, Nuevo Diccionario de la Biblia. (Miami: Editorial Unilit, 2003), 913.

[2] Ibid.

[3] Ibid, 914.

[4] Ibid.

[5] Recibiréis poder, 3 de junio